Opinión
Operación Guardiola
Leo en The Independent que Pep Guardiola va a pesar a los jugadores del Manchester City justo antes de que se tomen unos días de vacaciones. Y que a la vuelta los esperará con una báscula en la puerta de las instalaciones del equipo que entrena para calcular cuántos kilos se han puesto. Quien se exceda con los langostinos o la escudella o los polvorones (o lo que quiera que se coma en los fastos navideños en Gran Bretaña), no viajará al siguiente partido en Nottingham. Es cierto que mantener la línea en Inglaterra es relativamente fácil: ¿quién querría repetir pastel de riñones? Siempre he pensado que Scrooge, el avaro protagonista grinch del Cuento de Navidad de Dickens, odia estas fechas precisamente porque no quiere repetir platos de un país cuya gastronomía tiene una calidad inversamente proporcional a la de su humor, sus novelas realistas o su música pop. De hecho, Bill Bryson cuenta en Notes from a Little Island que en la frontera con Francia siempre había una alta siniestralidad: eran los camioneros galos que repartían género en el país vecino y que aceleraban para intentar cenar en su país.
Quizá tome nota de la idea de Pep otra Guardiola, María. La presidenta, y líder del Partido Popular, de Extremadura, acaba de vivir una victoria en las elecciones con el mismo sabor que la famosa receta china del cerdo: agridulce. Ha subido un diputado, pero Vox ha doblado sus escaños, así que tendrá que compartir mantel y cubiertos con un partido que, y lo ha dicho por activa y por pasiva, en realidad no le gusta. Quizá los diputados extremeños y populares sean pesados también a la vuelta. Se les censurará haber celebrado demasiado su poltrona. Incluso puede que se fiscalice todo lo que digan en las reuniones familiares donde (es una cuestión estadística y demográfica) compartirán estas entrañables fiestas con muchos familiares que han votado al partido filofascista (y que, por tanto, harán muchos chistes de inmigrantes y feministas). Los populares lo tienen difícil, porque no son de acatar mucho este tipo de disciplinas. Su tótem, Aznar, ya dijo con deje borracho en un acto con los empresarios del vino que nadie le iba a decir cuántas copas echarse al coleto para conducir después, y cuando se planteó el tema de regular la comida basura, muchos de sus militantes y cargos medios se hicieron fotografías con Doritos, Kit Kats, Filipinos, Donuts y galletas Príncipe. Ya sabemos que para la derecha española la salud (y la inteligencia) es woke.
La operación Guardiola, tanto en Manchester como en Mérida, será el equivalente invernal de la operación bikini veraniega. Se penalizará la grasa y el alcohol en vena. Yo, por mi parte, planeo pesarme cuando ponga el punto final de esta columna. Soy mi propio jefe y mi propio entrenador personal (aunque no me hago nunca caso a mí mismo). Después de Reyes me someteré al escrutinio de la báscula de nuevo y si he ganado demasiados kilos me prohibiré viajar. No a Nottingham ni a un parlamento, sino a la nevera o al sofá. Aunque haga lo que haga, Haaland seguirá ganando títulos con sus bolas a la escuadra, y la extrema derecha, elecciones con sus bulos en las redes.
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