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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

Sobre el peligro de blanquear el pasado

Tengan ustedes un muy buen día. Volvemos a juntarnos epistolarmente, después de la celebración de la Navidad. Nada, ahora sí que está sentenciado el 2025... En cuatro días su realidad será ya parte del pasado, aunque sus ecos sigan todavía muy vivos. Una dinámica común, que va atesorando en el imaginario colectivo el conjunto de las diferentes experiencias por las que vamos pasando como grupo humano. Y que sirve como referencia para aprender de lo ya vivido y para profundizar en la lógica diacrónica de los acontecimientos…

Es bien verdad que nunca ha habido una única fuente sobre los aconteceres pretéritos, de manera que hechos concretos, objetivos y bien definidos podían ser afectados de un determinado sesgo según acudiésemos a un repositorio u otro de información en relación a lo ya vivido. Pero todos aceptábamos como razonablemente puro un cierto corpus publicado que, de alguna manera, podía dar claves para separar el grano de la paja y quedarse con la esencia de las cosas. El criterio de autoridad, de alguna manera, implicaba un cierto estatus de estar por encima de las versiones interesadas, de los chascarrillos, del blanqueamiento interesado de la Historia y, en general, de todo aquello que pudiese distorsionar un hilo argumental claro y solvente… Si uno era capaz de beber de diferentes planteamientos y leer a quienes certeramente, aunque con visiones contrapuestas, afrontaran el arduo trabajo de contar lo sucedido, podía llegar a tener un cierto esquema de ello bastante apegado a la realidad… Aunque a veces fuese más difícil que otras, claro…

Les he contado lo anterior en pasado porque creo que se ha ido produciendo un cambio de paradigma silente y progresivo que hoy ya es notorio, y que amerita la idea de que ahora las cosas son diferentes. No quiere decir esto que los referentes no sigan existiendo, y que no haya instituciones, personas y grupos humanos que tienen mucho que decir con rigor sobre su materia histórica objeto de estudio. Claro que sí. Pero, para mí, el problema es el ruido. Y lo que es evidente y creo que nadie negará es que hoy hay mucho ruido. Muchísimo, incluso. Y ya se sabe que, aplicando el físico principio de superposición, cuando se suman diferentes contribuciones, el todo puede ser absolutamente sumatorio o, en el extremo opuesto, la nada. Y, en el medio, un conjunto de configuraciones posibles bastante diferentes a la información inicial…

Apliquen esto, por ejemplo, a los relatos estrambóticos que proliferan por ahí sobre Franco y su dictadura de cuatro décadas o, aún peor, a los que hablan con nostalgia del triunfo del partido nazi en Alemania y sus andanzas belicistas y profundamente contrarias a los derechos humanos, más allá de los especialistas que abordan tal trabajo desde una perspectiva científica e ilustrada, y que pueden aportar datos y hechos objetivos y, con ellos, hilar una visión plausible y apegada a tales hitos reales. Una cosa es entender que con tales mimbres de calidad puedan argumentarse visiones con algunos matices diferentes. Y, siendo humano tal ejercicio, pudiese pesar algo en ello la ideología de cada cual, dulcificando más o menos y ensombreciendo en mayor o menor medida determinados pasajes de tal recorrido. Pero lo que no puede pasar es que, fruto del ruido, todo valga, y te encuentres hoy toda una panoplia de lógicas sin fundamento, con diferencias entre sí de ciento ochenta grados. Prescindir de todo lo ocurrido, pasar de puntillas sobre tanto sufrimiento generado y narrar relatos nada asentados en los hechos y sí únicamente en el prejuicio sobre la cuestión tratada, es cuando menos una irresponsabilidad. O mucho más…

Es por eso que se me ponen los pelos de punta —los que quedan— cuando veo determinados cuentos de hadas que se exhiben en TikTok o en Instagram. No es de recibo que un chaval de veinte años, motivado por el ansia de alcanzar cierta notoriedad o de ser contestatario frente a lo que hoy, por fin, es políticamente correcto —y real— niegue la gravedad de determinados hechos históricos y la responsabilidad de sus protagonistas, o que incluso llegue a ensalzar a figuras que desconoce, absolutamente al margen de cualquier atisbo de realidad. Es terrible que cualquiera pueda decir lo que le venga en gana sobre el drama de la Guerra Civil y la posguerra en España, sobre el Holocausto nazi o sobre la inquietante figura de Adolf Hitler, y con ello gane seguidores en las redes sociales y popularidad, llegando a más personas y creando el caldo de cultivo perfecto para destruir cualquier ejercicio real y científico, sosegado y auténtico, de memoria histórica. Y eso, queridos amigos y amigas, es mucho más común de lo que parece.

Existe hoy una cultura del envoltorio en virtud de la cual, entre otros fenómenos, se le da más importancia a la apariencia, las gracietas o al subjetivo atractivo de quien habla, que a la veracidad de lo que se expone. Y hay quien, si sigue a un cantante de moda, a un deportista de rompe y rasga o a un líder social con planteamientos novedosos, le compra todo lo que pueda salir de su boca, sin siquiera contrastarlo. Esto, estimados lectores y lectoras, es un despropósito. Pero solo entendiendo que realmente ocurre se puede entender por qué hoy chavales de catorce o quince años te discuten con enorme pasión aspectos delicados del pasado o planteamientos fuera de cualquier pase desde el punto de vista de la ética, de manera agresiva y convencida, sin saber nada de lo que realmente se cocía en tales situaciones y habiendo nacido ellos cincuenta o más años después…

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