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2025, el año Trump. ¿Solo uno?
El nombramiento el pasado martes del gobernador de Luisiana, un amigo de Trump, como «enviado especial» en Groenlandia para que esta gran isla autónoma de Dinamarca, país miembro de la UE y aliado de la OTAN, pase a formar parte de América, ha sido la última prueba de que 2025 está siendo un año Trump en el que las disruptivas iniciativas del nuevo presidente están buscando destruir el viejo orden mundial. Un orden que, basado en la cooperación internacional, se instaló en 1945 tras la Segunda Guerra Mundial y luego, tras la caída del comunismo en 1989, con la globalización.
Trump acciona para que el nuevo orden sea un pacto de los hombres fuertes de las grandes potencias —América, China, Rusia, Arabia Saudí…— que logren acuerdos puntuales y concretos en base a sus intereses. Con él, y su deseado premio Nobel de la Paz, en la cúspide. Por eso la unidad de Ucrania no debe impedir la buena relación (ni los negocios) entre América y Putin. Y los países europeos —aliados en la OTAN que asegura su defensa— deben aumentar sus gastos militares, con compras a Estados Unidos, y no contradecir la política norteamericana. En caso contrario, si son países decadentes que perderán la identidad por la inmigración, para evitarlo conviene apoyar a los «partidos patrióticos» (extrema derecha) que no quieren una Europa unida con voz propia.
Los derechos humanos no son el ideal y pueden ser un obstáculo. Y con esta idea ha tenido algún resultado. En Oriente Próximo su objetivo no es una paz justa, sino un acuerdo dirigido por Estados Unidos, los países árabes con petrodólares e Israel que haga que en esa zona del mundo prosperen los negocios y los resorts. Y así se impondrá un orden —arbitrario pero efectivo— contra los extremismos árabes, palestinos e incluso contra la ultraderecha israelí. Los negocios primero porque son la garantía de la paz. El conflicto sigue, pero la situación en Palestina ha mejorado. Por primera vez en dos años la ciudad de Belén puede celebrar la Navidad. ¿Es el camino hacia la estabilidad? La estabilidad no es una paz justa, pero —cierto— es mejor que el reciente infierno y el intento del genocidio palestino.
Pero los intereses a corto plazo de las grandes potencias y de sus hombres fuertes pueden acarrear un desastre mundial. Lo más peligroso de Trump es su reiterada negación del cambio climático, la gran amenaza de la humanidad que es imposible de combatir si Estados Unidos actúa a la contra.
Y la guerra comercial que han generado los «aranceles recíprocos» pueden llevar a una crisis económica. De momento no ha sido así y las economías han aguantado el año mejor de lo esperado, pero hay un gran incertidumbre. Si cuando Trump revele a Jerome Powell el próximo abril, la Reserva Federal pierde su autonomía y la política monetaria se decide desde la Casa Blanca puede pasar lo peor. Y los efectos de una nueva crisis económica amenazarían la estabilidad social. ¿Y hasta qué punto el boom de la bolsa americana en las empresas de la inteligencia artificial es sostenible? La inquietud ante el futuro es evidente y por eso el oro —un valor refugio frente al dólar, pero que no da rentabilidad— ha subido este año nada menos que un 68%.
¿Estamos condenados a que el año Trump sea el inicio de una era Trump, aunque sea con el vicepresidente Vance como sucesor? Es la gran incógnita. Mucho dependerá de si Trump conserva su mayoría en la Cámara de Representantes tras las elecciones de noviembre. Su mayoría actual es muy apretada y Karl Rove —el estratega político de Bush II— ha escrito en el Wall Street Journal que puede perderla porque Trump (como Biden) no valora la affordability, la erosión por la inflación del nivel de vida del americano medio. Un Trump convertido en un pato cojo en noviembre podría perder fuerza. O mostrar su peor cara.
Sí, Europa reacciona y está evitando una paz Trump-Putin contra Zelenski con un crédito de 90.000 millones de euros a Ucrania. Pero con la inevitable lentitud de no ser un estado. Y la extrema derecha crece. Giorgia Meloni gobierna en Italia, aunque con cautela, y Roma no es decisiva. Pero si París cayera en manos del populismo —que no es imposible— un frente París-Roma podría desestabilizar el consenso de Bruselas. ¿Qué pasará? Incertidumbre total.
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