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Opinión

Cómo será 2026

Del año que va a comenzar podemos suponer, sin necesidad de bola de cristal ni de algoritmos, que será inestable y confuso. Una cuestión en el aire es cómo ponerle raíles a lo que anda descarrilado, por ejemplo, Trump o el sanchismo. Otra gran cuestión será discernir si la inteligencia artificial encarrila o descarrila. Si se lo preguntamos a ChatGPT, nos dice que la IA no puede predecir acontecimientos caóticos con certeza, como guerras o grandes crisis, porque no entiende el mundo como los humanos, solo modela estadísticas.

Lo que sí avanza ChatGPT —ese proveedor de tesis doctorales— es que 2026 perfilará aún más un mundo fragmentado. Acertar en la definición del ciclo que emerge es difícil, sobre todo porque la volatilidad de las opiniones públicas a veces parece arrasar toda preconcepción política. Por ejemplo: están cambiando los talantes generacionales. Vemos que a la insatisfacción con las políticas clásicas del siglo XX se añade ahora la insatisfacción con los progresismos inventados en el siglo XXI y herederos de las revoluciones que proponían un hombre nuevo. Aquellos revolucionarios comenzaban imponiendo nuevos calendarios y acababan por proponer incluso —como hicieron los futuristas romanos— eliminar la pasta italiana.

Con X y el pódcast vemos que los mandatos electorales son vertiginosos. Es sabido que un gobierno electo tiene que hacer sus reformas en los primeros meses porque luego ya no puede hacer otra cosa que entrar en campaña electoral y afrontar los imprevistos. Los calendarios electorales impiden las estrategias a largo plazo. Los gurús de la mutación mediática dicen que internet puso en riesgo la prensa de papel y que ahora la IA amenaza la prensa digital. Las noticias duran dos días y sedimentan irracionalmente.

Ya no nos acordamos de Gaza, ni de la caída del Muro de Berlín, por supuesto. A esos olvidos contribuye la preponderancia del emocionalismo. Ni Stalin ni Mao han existido.

Se dijo que el siglo XXI sería el siglo de Europa. Ahora estamos en otra cosa, mucho más incierta, con más dilemas para los equilibrios entre seguridad y libertad. Después de la lírica del dividendo de paz ha llegado el rearme de Europa.

En 2016 se suponía que el mundo iría avanzando por la vía de una mejora de los niveles de vida, con notable reducción de la pobreza en términos globales. Diez años más tarde, la nota final es más bien pesimista. No sabemos si los nuevos populismos van a irse aquietando o si implican cambios sistémicos. La vieja diplomacia puede convertirse sin más en un marco de alianzas transaccionales, muy frágil, inspirado por los tratos inmobiliarios de la familia Trump.

Los cálculos de la IA se basan en un principio de siempre: «Dado lo que sabemos hasta ahora, lo que predecimos es lo más probable». Eso tiene sentido en un mundo con sentido, pero el mundo que tenemos es ansiosamente impredecible. Se atribuye a Policarpo, santo y mártir de la iglesia primitiva, una queja aplicable a 2026: «Dios mío, en qué tiempos me has hecho vivir». Tiene que ver con la sustitución de los tres Reyes de Oriente por una desbandada de elfos locos.

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