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Opinión

Felipe VI y la «desdemocracia»: el eclipse real de la voluntad civil

El término «desdemocracia» no debe entenderse como un vacío de poder, sino como una patología del sistema. Es la transición silenciosa de la soberanía desde el «demos» hacia estructuras de gestión que carecen de rostro y de responsabilidad ética.

En este proceso, la política sufre una metamorfosis hacia la técnica pura, despojada de su compromiso con el bien común. Como ya advertía en su obra La condición humana, la teórica política y filósofa alemana Hannah Arendt, tan de moda, cuando la esfera pública se convierte en una cuestión de administración de recursos y no de acción compartida, la verdadera esencia de la política desaparece. La «desdemocracia» es, por tanto, el síntoma de una sociedad que ha delegado su capacidad de juicio en algoritmos —que se lo digan Génova, a los gallegos y a los otros, y a Ferraz, incluidos los fontaneros legales, que los habrá, digo yo—, mercados y burocracias opacas.

Uno de los pilares de este fenómeno es la degradación del lenguaje. La «desdemocracia» opera anulando la igualdad en el derecho de palabra, un concepto fundamental en la Atenas de Pericles, no con el silencio forzado, sino mediante la saturación de mensajes vacíos. El ciudadano, otrora protagonista del debate, se convierte en un «receptor pasivo» de eslóganes diseñados para evitar la reflexión profunda.

Si acudimos al Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, encontramos que «deshacer» se define como soltar o apartar las partes de lo que estaba compuesto. La «desdemocracia» «deshace» el tejido social, rompiendo los vínculos de solidaridad que sostienen la estructura democrática, dejando al individuo —ciudadano, si se prefiere— aislado frente al aparato del Estado y los poderes económicos.

Ante esta deriva, la responsabilidad del intelectual —del comunicador, también— es la denuncia de la hipocresía o «actuación» política. No basta con la participación formal a través del voto —que no todo corrige como se ha visto estos días en Extremadura—; la democracia requiere una vigilancia constante sobre el carácter y la actuación de las instituciones y respeto por la independencia de los poderes.

Thomas Jefferson, político y filósofo estadounidense, sostenía en su correspondencia que la libertad depende de la difusión de la información y de la educación del pueblo. La «desdemocracia» prospera en la sombra de la desinformación y el desinterés. Por ello, recuperar el sentido original de las palabras y la profundidad de los conceptos es un acto de resistencia necesario.

Para revertir la «desdemocracia», es imperativo devolver el poder al ciudadano consciente, también una clase intelectual fuerte. Esto implica pasar de una democracia de espectadores a una democracia de participantes, donde la ética no sea un adorno, sino la base de cada decisión política. El desafío actual no es solo defender las instituciones, sino reanimarlas con el espíritu de hablar con franqueza y valor, devolviendo a la plaza pública —al ágora— su carácter de espacio para la verdad y la justicia.

Es a esto a lo que se refirió el rey Felipe VI en su discurso de Navidad, quizás insuficiente en lo expresado para algunos, pero claro en algo que otros y yo venimos reiterando: es necesaria una segunda Transición, cambios en la Ley Electoral —gobierno de las mayorías (respeto de la voluntad popular expresada en las urnas), segundas vueltas—, acatamiento de la Constitución, separación de poderes, transparencia en la financiación de los partidos políticos, diálogo y discrepancias transparentes, libertad de información, un lenguaje inclusivo y respetuoso, consensos en lo básico. El monarca al menos no ha dejado indiferentes, hay que reconocérselo.

El otro existe y los ciudadanos también. Y el Rey ha estado de pie y al frente, con palabras justas y ajustadas. Yo lo veo así.

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