Opinión
María Carreiro y Cándido López
Sobre el ámbito portuario de A Coruña
Reunir cultura y administración, creatividad y decisiones, imaginación y burocracia, ideas y realidad, al final, arte y política es una condición intrínseca a todo concurso de arquitectura. No cabe duda que quien lo convoca requiere de una solución que no está presente en el repertorio conocido, y que quien concurre tiene la pretensión de plasmar un proyecto novedoso, original, que pueda aportar un avance en las ideas previas. Aun así, y entre otras cuestiones, cabe preguntarse si es una herramienta adecuada y eficiente para la hora de lograr una respuesta pertinente. El arquitecto americano Frank Lloyd Wright manifestaba en el siglo XX que «ninguna competencia ha dado al mundo nada que valga la pena en arquitectura. El jurado mismo es un promedio elegido. Lo primero que hace el jurado es revisar todos los diseños y descartar los mejores y los peores, como promedio, puede promediar sobre un promedio. El resultado neto de cualquier competencia es un promedio por el promedio de los promedios».
A lo largo de las últimas dos décadas y media del siglo XXI, A Coruña se ha visto salpicada de proyectos fruto de concursos de arquitectura. Algunos se han materializado, con lo que han ido configurando la identidad de la urbe. Mientras, otra parte de ellos se han quedado en el camino, como expresión de unas ambiciosas expectativas incumplidas.
Entre los realizados recordemos dos. El primero, celebrado en 2001, se proponía dignificar la fachada de la dársena a la altura de la desaparecida estación marítima. Subyacía la pretensión de dejar para la historia un edificio al estilo del Guggenheim de Bilbao o la Ópera de Sídney, y no solo por la forma, sino también por actual como imán del turismo. Como resultado del concurso internacional se perpetró Alas de gaviota. El alcalde de la época, Francisco Vázquez, impulsor de la actuación, asumiría tiempo después que el conjunto era un monumento al mal gusto. Hoy, Palexco y Los Cantones Village impiden la relación con el mar, nuestra joya más preciada. El segundo, en los comienzos de la siguiente década, en 2011, planteaba el diseño de la estación intermodal, un intercambiador de transportes, incluido el AVE, en lo que se consideraba otro punto neurálgico de la ciudad. Llevado por la emoción del momento, el alcalde en ejercicio manifestó que la intermodal coruñesa sería la mejor y la más bella de Europa. El plazo inicialmente fijado por el munícipe para su inauguración fue el año 2014. ¿Exceso de optimismo? La realidad fue imponiéndose: finalizando el 2025 prosiguen las obras, acompañadas de nuevas solicitaciones: las nuevas vías imprescindibles para resolver las dificultades de acceso.
De los no ejecutados traigamos a la memoria, la denominada Casa de la Historia o de los Antepasados. El concurso internacional organizado por el Ayuntamiento de A Coruña, entre 2003 y 2004, tenía como objetivo crear un área cultural en torno al sitio arqueológico del Castro de Elviña. Regenerando un lugar histórico se proponía incorporar un espacio de ocio didáctico que enriqueciese este ámbito de la ciudad de forma integrada. El proyecto ganador era del arquitecto Manuel Gallego. La propuesta se encuentra archivada en la nube.
Todos ellos se abordaron con una intencionada y rigurosa selección de los participantes. Se empleó una fórmula que anunció, desde el inicio de su concepción, unos resultados que cumplirían las expectativas suscitadas. O quizás si, sobre todo por quienes, conscientemente, los programaron. La banalidad de los resultados, así como las dudas y polémicas germinadas sobre su desarrollo, ponen de relieve que todavía precisamos de numerosos esfuerzos para acabar de exorcizar fantasmas del pasado. De las innumerables facetas en las que la práctica arquitectónica intima con lo político, la de los concursos es una de las que lo hace con mayor evidencia. La corrupción es un cáncer que, así como desgasta y arrasa con el concepto ciudadano de política, actúa de la misma manera con los aires políticos de la arquitectura. Intencionadamente, muchas veces, se intenta apartar un ambiente del otro, pero el concurso de arquitectura, al ser un espacio ligado al ámbito público sufre las mismas limitaciones. No hablar de ello sería aceptarlo y minimizarlo, o podría entenderse, en el peor de los casos, como una aprobación desvergonzada de irregularidades.
Ahora, en 2025, le toca a la fachada marítima, al espacio del puerto interior. Al parecer ha despertado el interés de diversos equipos pluridisciplinares «de reconocido prestigio internacional». No obstante, creemos que el valor del concurso no radica en la calidad de los proyectos ni en el prestigio de los arquitectos participantes. Su auténtico valor reside en su carácter de instrumento para pensar la ciudad desde la ciudad, de evento que abre una oportunidad para un debate colectivo sobre la construcción del ámbito portuario. Sin un atisbo de duda, un área cuyo protagonismo descansa no solamente en su relación con los diferentes barrios de la urbe consolidada, que también, sino en su relación con el mar interior y con el otro margen de la ría de A Coruña, la península Oleiros-Sada. Atender al plano del agua como un eje territorial transforma un lugar de borde, el ámbito portuario, en un nodo central. Desatender el marco geográfico en su complejidad funcional, ambiental, social y, desde luego, económica minimizará las bondades de las propuestas. Ya en 1860, en el texto titulado Pensamiento Económico, lo indicaba Ildefonso Cerdá: «Una buena idea no sirve de nada si no va acompañada al propio tiempo de la indicación de los medios positivos y eficaces y de los recursos suficientes a llevarla a cabo».
Y ojo, en comparaciones sobre el papel somos plusmarquistas mundiales.
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