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Opinión | Crónicas galantes

El Subidón de enero viene más suave

Ahora que se han disipado los efluvios etílicos de la Nochevieja, la gente, que es de suyo ingenua, comienza a notar la subida general de precios típica de comienzos de año. Es una doble resaca que forma parte de las tradiciones de la Navidad, como la Nochebuena o los Reyes.

Suben las hipotecas, sube el teléfono, suben los taxis, suben los aviones (que es lo suyo) y del tarifazo anual que se perpetra por estas fechas no se salvan ni los conductores.

En el caso particular de Galicia, el aumento de los peajes en su principal autopista ha puesto ya en 21,41 euros el precio del viaje entre Vigo y A Coruña. Si el automovilista se aventura a cubrir el trayecto íntegro entre Ferrol y Tui, el clavo ascendería a 28,11 euros. Casi 5.000 pesetas, para los que aún recuerden los tiempos de la anterior divisa española.

El Gobierno —este o cualquier otro— tiende a autorizar de una tacada los aumentos de precios cada vez que el calendario dobla la temible curva del 1 de enero. Los paganos o paganinis, acostumbrados a este asalto anual a sus bolsillos, ya aceptan las subidas como un fenómeno natural, tal que el pedrisco o el mar arbolado. Parecería incluso que los gobernantes se inspirasen en Maquiavelo, quien aconsejaba inferir todos los daños a los súbditos de una sola vez, para que hieran menos. Carece de sentido, desde luego, subir los peajes en enero, la luz en febrero, los transportes en marzo y así sucesivamente. Quizá faltasen meses en el calendario para tanto reajuste de precios; y lo que es peor, ese goteo de subidas mantendría a la gente en perenne estado de irritación durante todo el año.

Lo que hay que anunciar cada mes y hasta cada semana son los beneficios que el poder concede a los gobernados, según proponía también el genial Maquiavelo en El Príncipe. Con buen criterio, el Gobierno sigue al pie de la letra esa doctrina, tan útil en tiempos preelectorales como estos.

Cumple advertir, para ser justos, que el Subidón de Año Nuevo no fue esta vez tan generalizado y doloroso como el de años anteriores. Al igual que ocurriera hace un decenio, el precio de la luz bajará a pesar de la subida de los costes fijos; y otro tanto se espera que ocurra con los de la gasolina y el gas.

Poco consuelo será este, tal vez, para la población que afronta el imposible precio de la vivienda en compra o alquiler, en subida libre sin que se atisbe un tope antes de que alcance la estratosfera. Tampoco las cosas de comer mejorarán, si bien se espera una módica contención de precios en los supermercados. La esperanza, ya se sabe, es lo último que se pierde.

Lo que no cambia, lógicamente, es la tradición de subir los precios con la entrada de un nuevo año. Aun así, seguimos felicitándonos las pascuas y deseándonos un próspero Año Nuevo. Bendita ingenuidad.

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