Opinión
El hombre del chándal gris
Es curioso que en un mundo donde todo es blanco o negro, nada condense mejor nuestro tiempo que un chándal de color gris.
Algunos hablan de «detención» y otros de «secuestro», pero de lo que sí hablan todos es del traje deportivo Nike con el que Nicolás Maduro voló hacia el país que explotará el petróleo del que él gobernaba. Se agotan las tallas de este modelo y también la paciencia de quien ya ha leído demasiados artículos sobre el tema.
Muchos usan la IA para generar memes del venezolano pinchando y algunos artículos analizan semióticamente la fotografía. Estos suelen partir de la idea de que esa imagen busca humillar a Maduro. Primero, porque presenta a un poderoso con ropa de pobre. Segundo, porque el chándal de un dirigente antimperialista es de la marca deportiva más poderosa de EEUU. Tercero, porque, según Karl Lagerfeld, «el chándal es el símbolo del fracaso. Cuando pierdes el control de tu vida, te compras un chándal». De tu vida o de tu país.
Sin embargo, nada es blanco o negro: casi todo es gris. Y aunque puede haber esa vocación humillante en la icónica imagen, el chándal también puede significar lo contrario. Sin salir de la izquierda latinoamericana: Fidel Castro vistió chándal Adidas hasta en su encuentro con el Papa Francisco y pocas prendas más simbólicas para el chavismo que el chándal con la bandera venezolana.
El chándal, pues, sirve para expresar una cosa y la contraria. El vigor atlético de la juventud y la renuncia doméstica de la mediana edad. La libertad y el cautiverio. La pobreza y el poder. Se supone que tiene que ver con las clases humildes, pero se ha convertido en un absurdo objeto de lujo. En teoría es el uniforme del explotado, pero es indispensable en el armario del mafioso, del modelo rojo de Ray Liotta al Fila negro de Tony Soprano.
Porque, además, el chándal habla elocuentemente en la incongruencia. En la de quien lo llevó con tacones: Rocío Jurado primero y Rosalía después. O con mocasines: de Arsenio Iglesias a Luis Aragonés, sobre el que canta hasta Morat en su himno Chándal. A ver si va a suceder que el chándal, como sucede con algunas ideas, ideologías, armas o fórmulas matemáticas, depende de quien lo use (y aún más de quien lo mire).
De hecho, el chándal, en su origen, era un traje. El primero data de 1939 y lo lanzó Le Coq Sportif con el nombre The Sunday Suit. Un par de años antes se había aprobado una ley de vacaciones pagadas, así que la gente tenía más ocio. Por otro lado, lo usaban el séptimo día los que se enfundaban el traje de oficina los otros seis.
Veinte años después, en 1959, habló sobre ellos la novela El hombre del traje gris. Su autor, Sloan Wilson, indaga en la angustia de muchos hombres exitosos con residencia con jardín, tres hijos y buen sueldo. Al final, «el traje gris» se convirtió en símbolo del conformismo consumista tras la Segunda Guerra Mundial.
La imagen del hombre del chándal gris, en cambio, atrapa a la perfección la idiocia viral, la frivolidad frenética y las contradicciones de nuestra época, pero esperemos que no sea tan certero en el retrato del ser humano a las puertas de la tercera.
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