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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

«Ordinalidad»: ¿queremos uno o varios países?

Les saludo, amigos y amigas. He de contarles que, antes de escribir estas letras, me he ido al Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española. Mi propósito, ver si «ordinalidad» estaba entre las entradas de esa obra o no, después de escuchar varias declaraciones sobre tal cuestión. Y, tal como me imaginaba, no aparece exactamente así. Me he ido luego a cotejar las diferentes acepciones de «ordinal», ya conocidas, y supongo que de ahí he de tirar para, de alguna manera, referirme a esa palabra que estos días copa todas las tertulias políticas y las discusiones entre nuestros parlamentarios… Sí, como el «ordinal» se refiere al orden de las cosas, la «ordinalidad» implicaría un manejo real de la ordenación en una lista de posibilidades según otro orden previo establecido, más o menos... Incluso iba a llamar a un par de filólogas amigas para terminar de redondear la cuestión pero, miren, a estas alturas del partido y a las horas a las que intento cerrar la columna y enviarla el periódico, va así. Corríjanme, por favor, si aprecian algún detalle, matización o apunte sobre lo dicho que sea del interés colectivo.

Con todo, la cuestión de la «ordinalidad» cobra fuerza en España a partir de la reunión entre el presidente del Gobierno y el presidente de ERC, a partir de la pretensión de esta última formación de que «reciba más el que más paga». Y ahí, parece ser, radicaría el modelo de orden de la cuestión. Que el orden en el listado de mayor a menor en recibir sea parejo al orden en dar… Algo distinto a la situación de hoy, en que la autonomía catalana es la tercera en dar y la novena en recibir, según se cuenta. Luego he escuchado otras versiones de tal expresión, interpretadas o explicadas por diferentes periodistas de medios distintos. Pero me parece que, en esencia, es así…

Pues bien, lo que les quiero contar hoy es que me parece que tal visión es, en sí, bastante incompatible con la idea de un solo país. Que quien más tiene y que aporta en consecuencia se convierta en quien más recibe porque sí no deja de chirriar en comparación con un modelo mucho más centrado en las necesidades y recursos, sobre la fuerte premisa de que en un territorio todos los ciudadanos y todas las ciudadanas tenemos que ser iguales en derechos. Creo que la nueva vuelta de tuerca que se pretende desde la formación citada redundaría en empobrecer mucho la solidaridad entre los territorios y, consecuentemente, produciría una peor situación en el futuro que la que ya tenemos. Porque, entendámonos, ya tal igualdad efectiva a día de hoy está un poco descoyuntada… Y, si seguimos por ahí, seguramente la cosa vaya a peor…

Soy consciente de que esto que les estoy diciendo bien lo podría comprar alguno de los políticos o políticas de derechas —o incluso de ultraderecha— que ha salido en televisión opinando sobre la reunión entre Junqueras y Sánchez. Pero hay una gran diferencia, que me apresuro en contarles, y que lo cambia todo... Y esta es que yo lo que veo es que, siendo un único país, todas las personas deberíamos tener los mismos derechos y, por tanto, no prescindiría de la solidaridad, sí. Pero también que no hay necesidad de empecinamiento, tampoco, en que seamos tal único país. O, por lo menos, un único país en el sentido entendido hasta ahora.

Miren, yo no tengo objeción a ser ciudadano español, además de gallego y coruñés. No me caen especialmente antipáticas dichas etiquetas… Pero también les digo que viviría perfectamente también en una federación mucho más real entre los diferentes territorios que conforman España o incluso la Península Ibérica. Sería feliz también en una Iberia formada por los actuales territorios de España y Portugal, o incluso España, Portugal y Andorra, o también con Gibraltar, o quién sabe cómo. Me da igual todo eso, cuya índole es sobre todo administrativa, si entre nosotros nos entendemos. Eso es lo que me importa. A mí no me duele España cuando alguien pide independencia. Es más, creo que la realidad es dinámica, y que el país que hoy conocemos tiene y tuvo su lapso temporal relativamente corto en la Historia, y que en el futuro puede seguir siendo igual o de otra forma. Todo me vale, siempre y cuando avancemos en respeto —mucho más del que hay ahora entre las diferentes sensibilidades, ideologías y territorios— y, repito, hagamos las cosas a partir de ciertos consensos y mucha menos polarización.

Lo que no entiendo, consecuentemente, es que para un país dado —el de ahora, por ejemplo— unas comunidades tengan prerrogativas que otras no. Para eso, mejor hacerlo por separado, ¿no? Ya sé que hay precedentes por motivos históricos —miren la fiscalidad de Euskadi y Navarra, por ejemplo—, pero creo que no conviene perseverar en esa senda. ¿Por qué? Pues porque los recursos implican servicios, desarrollo y oportunidades y, ya ven que insisto, todos y todas deberíamos tener los mismos bajo la misma bandera.

En resumen… ordinalidad o no ordinalidad, creo que no es bueno acrecentar la brecha entre las posibilidades de vivir tranquilamente de unos y de otros, que al final eso nos pasa factura a todos los ciudadanos y ciudadanas. En un país concreto, el que sea, debe primar la solidaridad. Y, si de verdad no la va a haber, no hay problema… Nos pensamos otra organización territorial con el necesario acuerdo desde todas las sensibilidades, y nos inventamos otra cosa, aunque sea una pena disgregar en tiempos en que hace falta cierta potencia. Pero, al fin y al cabo, estas cosas del Derecho son solamente del Derecho, y aunque se pongan tan pesados los señores del Derecho que nos gobiernan, no deben ser lo nuclear en nuestro devenir… Sé que muchas personas no estarán de acuerdo con ello pero es mi opinión. Nada es inmanente, queridos y queridas, y o nos entendemos o… juguemos a otra cosa. Pero jugando juntos, ganemos juntos… ¿no? Creo que es de una ley mucho más natural que otras capas de la compleja cebolla jurídica del siglo XXI…

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