Opinión
¿Adolf Trump?
Alguien pensará que exagero invocando aquellos versos, falsamente atribuidos a Bertolt Brecht, que, resumiendo, venían a decir:
«Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, a los sindicalistas, a los judíos... tampoco protesté.
Cuando vinieron a buscarme, ya no había nadie que pudiera protestar por mí».
Pues no creo que resulte exagerada la analogía. Agitar el fantasma de Hitler es una buena advertencia frente al órdago que Trump y los suyos han lanzado al mundo entero. ¿De verdad no apreciamos similitudes? Hitler también llegó al poder a través de unas elecciones. También usó la mentira y la propaganda tóxica para ganarlas. También contó con el apoyo de las grandes fortunas. También se mofaba en público de otros dirigentes internacionales, empezando por Roosevelt. También apeló a motivos de seguridad para atacar otros países. También utilizó la fuerza de la policía y el ejército contra sus compatriotas. Y, sobre todo, Hitler, como antes y después han hecho tiranos de distinto signo y condición, elevó a la categoría de geopolítica el comportamiento de cualquier matón de tres al cuarto: imponerse por la fuerza. Lo malo es que, ni entonces ni ahora, no se trata de una pelea de patio de colegio. El reto, claro, es cómo responder ante tamaña amenaza. Y la pelota, desde luego, está en el tejado de los líderes europeos, que tienen dos opciones: dar la cara a riesgo de que se la partan, o rendirse sin más. Pero tanto ellos como quienes aplauden al macho alfa de pelo naranja deberían recordar que los versos que encabezan este artículo los escribió un sacerdote alemán. Se llamaba Martin Niemöller y fue un entusiasta partidario de Hitler hasta que no pudo soportar tanta vesania, protestó, y acabó en Dachau. Lo malo es que entonces la ambición de aquel líder al que tantos admiraban por su firmeza y determinación ya se había llevado por delante a millones de personas. ¿Tercera Guerra Mundial? Pues igual no. Pero a las cosas, y a las personas, hay que llamarlas por su nombre.
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