Opinión | El trasluz
Continuar hablando

Continuar hablando. / ShutterStock
Hay días en los que la incertidumbre parece un animal doméstico. La oye uno la oye moverse por la casa, olfateando los rincones, y se dice:
-Ahí sigue, creando interrogantes.
No hace ruido, pero su respiración se confunde con la del frigorífico. Es un animal que no se deja acariciar: cada vez que extiendo la mano, cambia de forma. A ratos parece una nube, otras una carta de Hacienda sin abrir, y otras, las peores, se sienta en la silla de enfrente y me imita. La incertidumbre, como el perro, no quiere respuestas, quiere compañía, igual que esos amigos que llaman para confirmar que todavía te puedes tomar con ellos un café. Si uno intenta definirla, se escurre por debajo de las palabras. Solo se deja mirar de reojo. Cuando le pongo nombre, desaparece, como si hubiera descubierto que no vale nada una vez destripada.
Yo, de joven, creía que la duda era un paréntesis, una pausa entre dos certezas. Ahora pienso al revés: que las certezas son los paréntesis, breves interrupciones en el flujo continuo del no saber. El resto del tiempo vivimos improvisando, con la compostura de quien finge haber entendido las reglas de un juego que cambia cada tres jugadas. A veces la incertidumbre se disfraza de lucidez. Se presenta con traje de filósofo, con citas de Heráclito, y me convence de que dudar es un signo de talento. Pero luego, a medianoche, la misma voz me pregunta si cerré bien la puerta, si dije lo que debía en la comida familiar, si esto, lo que escribo ahora mismo, tiene alguna utilidad para el lector y para mí. Confundo la filosofía con la superstición, la magia con la lógica.
He probado a negociar con ella. Le digo: “Quédate en el pasillo, no entres en mi cabeza”. Pero al rato ya está sentada en el escritorio, leyendo lo que escribo, corrigiendo mis frases. La incertidumbre es también una editora celosa: rellena los huecos de ignorancia para darles sentido. Quizá vivir sea eso: mantener una conversación con algo o alguien que jamás responde del todo. Y tal vez el único gesto posible sea el de continuar hablando, aunque no sepamos con qué o quién.
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