Opinión | Crónicas galantes
Pobre rica Europa
«¿Qué teléfono marco si quiero hablar con Europa?», se preguntaba hace decenios Henry Kissinger, famoso ministro de Exteriores de Estados Unidos. No había nadie con poder al otro lado de la línea, lo que da una idea de la poca consistencia política que entonces tenía lo que hoy es la Unión Europea.
Seguimos los europeos sin pintar gran cosa en el mundo, como se ha visto en los recientes acontecimientos; pero al menos ya tiene la UE un teléfono al que pueden llamar los americanos y los chinos. Otra cosa es que quieran hacerlo, incluso cuando se habla de asuntos propios como el de Ucrania.
La mejora de la línea no ha resuelto la magra influencia europea en el cada vez más desconcertado concierto mundial. Tanto es así que el emperador Donald Trump se permite hablar con toda naturalidad de arrebatarle una parte de su territorio a Europa.
Quiere el presidente americano anexionarse Groenlandia, nación constituyente del Reino de Dinamarca, la tierra del dubitativo Hamlet. Los Estados Unidos ya habían ofrecido 100 millones de dólares por la isla hace cosa de ochenta años, pero ahora amenazan con quedársela por lo civil o lo criminal.
Parece improbable que Trump decida tomar la isla por la brava, dado que Dinamarca es aliada de USA en la OTAN; y ello obligaría a los americanos a atacarse a sí mismos. El artículo quinto de la Alianza establece, en efecto, que una agresión a cualquiera de sus miembros exigirá la respuesta de todos ellos.
Eso sería una improbable guerra de las de Gila, pero con Trump no hay que descartar eventualidad alguna. El presidente americano ha demostrado ya que los tratados y convenciones le importan más bien nada. Su credo legislativo se basa en la ley de la fuerza; y de esa van sobrados sus ejércitos.
Los principales gobiernos europeos, incluyendo el del extracomunitario Reino Unido, se han apresurado a defender la integridad de Dinamarca, por supuesto. Mucho es de temer, sin embargo, que la debilidad de Europa no ayude en este caso.
Quizá las cosas fuesen distintas si no se hubiera frustrado hace veinte años el propósito de alumbrar una Constitución que permitiría avanzar hacia la creación de un sistema federal europeo.
Argumentos no faltaban, desde luego. La actual UE es la tercera potencia económica del mundo y ha construido además el Estado de Bienestar y desarrollo social más avanzado de la historia. Infelizmente, se trata de un gigante del comercio a la vez que un enano político y militar. O, por decirlo en palabras de su exministro de Exteriores, Josep Borrell, un jardín dentro de un mundo en el que impera la selva.
Próspero y civilizado club de naciones, Europa sufre la contradicción de ser un pobre continente rico con pocas bazas que jugar ahora que pintan bastos en este loco planeta. Y encima, el otrora amigo americano ha dejado de preguntar por el teléfono de la UE.
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