Opinión | El mar alrededor
Carol Álvarez
Un parte diario de ciberestafas
Llaman al teléfono y cortan la llamada antes de que contestes o justo después de que preguntes. ¿Te ha pasado? En muchos de los casos se trata de un intento de estafa, orquestado aprovechando tu curiosidad por saber quién es la persona que quiere contactar contigo y que consuma su propósito cuando devuelves la llamada: desde ese momento puedes estar ya mismo perdiendo dinero con una llamada internacional y sometida a desvíos maliciosos. Esta modalidad delictiva es especialmente grave para la gente mayor, educada en una cultura más reactiva. A nuestros mayores, por ejemplo, no les entra en la cabeza un fenómeno tan extendido entre los jóvenes como el ghosting: una persona adulta tiene muy interiorizado que las llamadas perdidas se devuelven.
La brecha digital que tanto nos alarmó por sus consecuencias entre la población de mayor edad de la sociedad se cierra poco a poco. Y realmente, su inclusión en la cultura tecnológica les hace mucho bien en numerosos aspectos, pero también tiene su cruz. En los últimos informes policiales ya se ha apuntado con claridad que su vulnerabilidad les hace la víctima ideal de las suplantaciones de identidad o la clonación de tarjetas SIM, los delitos que justamente más han crecido en los últimos años. La desarticulación reciente de una granja de teléfonos móviles que enviaba 2,5 millones de SMS al día para ciberestafas da idea de la magnitud del problema al que nos enfrentamos.
Los chats de «buenos días» y «buenas noches» que comparten grupos de jubilados mayores cada vez incluyen más avisos de smishing o de otro tipo de estafas que se vehiculan a través de mensajes por móvil o correos electrónicos, y si el timo de la estampita hizo estragos en otras épocas, ahora el delincuente se cuela con una frecuencia pasmosa en tu hogar a cualquier hora a través de un dispositivo que bastante sudor y trabajo les cuesta a algunos entender actualización tras actualización. Las alertas policiales que se difunden en redes sociales ya quedan cortas en su efecto, desbordado por nuevas dinámicas delictivas: quizá sería más oportuno sumar a la difusión de avisos en redes otras rutinas, como la promoción de boletines diarios de ciberdelincuencia del estilo del parte meteorológico.
Los diversos cursos de educación digital que se imparten en instituciones, centros cívicos y asociaciones y que están orientados a explicar los riesgos tecnológicos deberían multiplicarse y considerarse elementos estructurales en la formación cívica, al mismo nivel que los kits de supervivencia que promueven desde la Comisión Europea y el Gobierno, pensados para apagones o otro tipo de emergencias.
El aumento de ciberdelincuencia tiene en el foco en muchos casos a grandes empresas y corporaciones, como el mismo hackeo que sufrió Endesa, y comprometen datos personales pese a que los afectados hayan sido rigurosos con la protección de su privacidad, pero aún hay terreno que depende de cada uno de nosotros por recorrer.
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