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Opinión

Manuel Fraga y el grito

El recuerdo del estreno de Antígona, del dramaturgo griego Sófocles, en el año 1994, nos devuelve a una época en la que la Xunta de Galicia otorgaba a las artes escénicas una centralidad casi ritual, quizás recuperada ahora con la puesta en escena de Memorias dun neno labrego, de Neira Vilas. El Centro Dramático Galego no era solo una institución cultural, sino un ágora donde el poder se miraba en el espejo de los clásicos. En aquel contexto de construcción institucional, la presencia de Manuel Fraga Iribarne, presidente de la Xunta, en los estrenos no era un mero acto protocolario, sino el reconocimiento de que el teatro era un lugar donde la Comunidad Autónoma se pensaba también a sí misma.

La anécdota, que el dramaturgo y director Manuel Guede recuperó en un encuentro casual esta Navidad en Bertamiráns, resuena como una alerta. Sucedió en Santiago de Compostela el 22 de abril de 1994, en el estreno en el Teatro Principal de una obra dirigida por Antonio Simón. Fraga, hombre de lecturas profundas y conocedor de la tragedia, echó en falta el grito desgarrador de la protagonista de la obra, Antígona, al ser condenada por desafiar la ley de Creonte para enterrar a su hermano. El «grito grave» que el entonces presidente reclamaba, había sido analizado incluso por George Steiner y era la manifestación sonora del conflicto entre la conciencia individual y la razón de Estado; era el sonido de la resistencia humana ante la muerte inminente. Su ausencia en estruendo, explicable, fue una autorizada licencia del director de la obra.

Hoy, ese grito susurrado de 1994 se convierte en la metáfora perfecta del ahogo existencial y comunicativo que padecemos. Aquella observación de Fraga revela una paradoja: incluso el poder de entonces entendía que la salud de una sociedad dependía de la existencia de una voz crítica, de un grito que, aunque fuera incómodo, poseyera «gravedad».

En el ahora, la falta de voces e intelectuales analíticos ha transformado aquel escenario en un vacío. Las razones de esta asfixia son claras:

El ahogo de la referencia. Si en los años 90 el teatro y la intelectualidad eran la referencia del poder para medir su propia estatura, hoy el poder se mira en el narcisismo de las redes sociales. Se ha perdido el respeto por el «grito» intelectual porque se ha perdido el respeto por el pensamiento complejo.

La mudez de la inteligencia. El silencio actual no es una elección estética, es una asfixia. Los intelectuales, temerosos de la cancelación o seducidos por la subvención, han sustituido el grito de Antígona por un susurro aséptico. Ya no hay quien se atreva a proferir un sonido que rompa la armonía del consenso manufacturado.

La metáfora de la incomunicación. El grito es, etimológicamente, un llamado al otro —cuántas veces habré hablado de esto, de la otredad—. Proviene de quiritare (implorar la ayuda de los ciudadanos). El hecho de que hoy sean escasas las voces referenciales y libres significa que muchos ya no crean en la comunidad de ciudadanos capaces de responder al llamado. Estamos en una fase de muerte de la tragedia donde el conflicto ha sido sustituido por la gestión, y el grito por el algoritmo.

La alerta que me evocó Manuel Guede en O Val da Mahía me llevó a pensar que una sociedad sin gritos graves es una sociedad que ha dejado de respirar intelectualmente. El silencio de las voces críticas no es paz social, es el rigor mortis de la democracia cultural.

Sirva esta reflexión para homenajear a don Manuel Fraga en el aniversario de su muerte física y para denunciar el ahogamiento de la memoria de muchos referentes de inteligencia y aportación al común, con algunos desaciertos sí, pero con multitud de aportaciones y una capacidad difícilmente parangonable. Hoy la política se enreda sin gracia, tiene mucho de teatro y no clásico precisamente. La calidad sin exigencia muere en los eslóganes y las salas se llenan de aduladores y apesebrados. Por ahí empiezan algunos problemas, creo.

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