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Opinión | Décima avenida

Buenas noticias contra las ‘fake news’

La cobertura informativa de una tragedia como la de Adamuz suele desarrollarse en fases: el impacto inicial; el goteo de información; la atención en las víctimas (el balance de muertos y el estado de los heridos); las necesidades de los supervivientes; las primeras preguntas (y los primeros esbozos de respuestas); el dolor; la solidaridad; las reacciones políticas; las historias personales, y la búsqueda de responsabilidades. En resumen: el impacto de la tragedia, su gestión, la comprensión de lo sucedido y la búsqueda de explicaciones y responsabilidades.

La dana en Valencia y el accidente ferroviario de Adamuz vivieron un ciclo muy similar. En ambos casos, mucho más en la dana, se incorporó a la conversación masiva un mal de nuestros tiempos: la desinformación y las fake news. Las dos tragedias difieren en que la guerra política en Valencia se desencadenó casi desde el primer minuto; en Adamuz, hubo una extraña y bienvenida tregua que duró casi dos días.

Periodísticamente, la información se divide en la información en el escenario de la tragedia y la que procede de los despachos. En el lugar de los hechos, se investiga, se describe y se buscan las denominadas historias humanas: testimonios y relatos de víctimas y supervivientes. En la información de despachos se dirimen las preguntas, las respuestas y la refriega política.

La cultura periodística tradicional busca por naturaleza y por instinto el conflicto. La noticia se define a partir de criterios como conflicto, anomalía y desviación respecto a la normalidad, lo que sitúa el centro de interés en lo problemático. El valor del periodismo, incluso su función social, se mide en la vigilancia crítica del poder mediante la denuncia, la exposición del escándalo y el señalamiento de fallos. Esta es la primera cara de la moneda. La segunda es la historia sensacional (que no tiene por qué ser sensacionalista), las decenas de historias que se dan en las tragedias.

Vimos ya en la dana y ha vuelto a suceder en Adamuz que hay un tercer tipo de historias que atraen la atención de la audiencia, que interesa a los lectores, y que se viralizan en las conversaciones en las redes. Son los relatos de solidaridad, las historias de gente ayudando a otras personas en la tragedia. Sus buenas acciones son pequeñas buenas noticias en la catástrofe. En la dana se convirtió en una idea populista que usaron al mismo tiempo las derechas e izquierdas extremas (solo el pueblo, la nación o la gente salva al pueblo).

Pero esta manipulación política no esconde que las historias de solidaridad, las buenas noticias, interesan. Y no solo en las grandes tragedias. El estudio de Tendencias Informativas, que Prensa Ibérica elabora en colaboración con LLyC, ha identificado en su última edición que las noticias positivas generan un impacto emocional en la conversación pública. En medio del ruido de la polarización y de la fatiga informativa por el exceso de malas noticias, los contenidos positivos ofrecen un respiro y consolidan la idea de que la información también puede tener un efecto reparador sobre la percepción colectiva. Son historias de respuesta a situaciones dramáticas, de capacidad social, de vínculo comunitario.

El periodismo desconfía por instinto de las buenas noticias, ya se sabe, no news, good news. Se suelen considerar anecdóticas, blandas, blancas e incluso cercanas a la comunicación institucional o al branded content. Pero los datos que nos ofrece el periodismo digital, que es una espléndida forma de conocer los gustos, intereses y necesidades de nuestros lectores, qué les llama la atención, qué les interesa y sobre qué conversan, indican que las buenas noticias crean comunidades, refuerzan lazos, interesan a nuestros lectores. ¿Y no es acaso una función del buen periodismo crear y reforzar los lazos de una comunidad de lectores?

Repensar criterios de noticiabilidad para integrar historias de mejora social, innovación, resiliencia y solidaridad, tratadas con el mismo rigor, interés, talento y exposición que la denuncia y las noticias negativas, contribuye a reforzar lazos con los lectores en un momento en que las democracias necesitan que el periodismo recupere la confianza perdida ante el reto de la desinformación. Las buenas noticias deben dejar de percibirse como una excepción blanda y pasar a formar parte de un relato más completo y complejo de nuestra comunidad.

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