Opinión | Shikamoo, construir en positivo
La vida sigue...
Buenos días, estimados y estimadas lectores. La vida sigue, hoy hace ya un mes de la celebración de la Nochebuena y la actualidad, ya ven, continúa con su ritmo trepidante. La climatología ayudará este fin de semana a la introspección, la lectura y el sosiego, ejercicios que no debemos desdeñar para poder estar a punto cuando sea menester una mayor dosis de adrenalina y movimiento. Ojalá tengan todos y todas ustedes oportunidad de descansar, ya sea en estos días del fin de semana o en otros, si es que sus obligaciones laborales ahora no se lo permiten. El caso es, de vez en cuando, poder replegar el trapo, cuidar la jarcia y ver si el cotidiano navegar entre mil y un escollos no nos ha abierto en el casco alguna vía de agua. Y si es así, lo cual será inevitable en algún momento, poder tener el tiempo y los recursos para atajarla. Poco más...
Efectivamente, lo único que no tiene arreglo es la muerte, amigos y amigas. Y mientras ella no nos busque o nos encuentre, se trata de disfrutar del paso por la vida, siempre por definición efímero y escaso. Hagan por ello el favor de cuidarse, y también de cuidarnos a todos los y las demás. Algo que puede parecer un brindis al sol, pero que se traduce en el día a día en una buena observancia de las imprescindibles reglas de convivencia en todos los propósitos que emprendamos y que impliquen a otras personas. En la carretera, por ejemplo, en la que tantos desaguisados se ven por no haber medido alguien bien las consecuencias de sus acciones, que a veces se salta a la torera los márgenes de seguridad más mínimos. O en muchos otros ámbitos, en los que también es importante el cultivo de la prudencia o la capacidad de discernimiento, antes que la impulsividad y las acciones sin demasiado fundamento.
Es por eso que escribo esta columna, que supongo sigue buscando hoy el fomento de una cultura del sosiego ya casi como una súplica, en un contexto en el que muchas veces esta se echa en falta... Y lo hace en tiempos difíciles, en los que tanto el panorama internacional como muchos de los mimbres que asoman en el más doméstico se hacen duros y hasta un tanto despiadados... Tiempos de la más pura intrahistoria orwelliana, en la que mucho de lo que se cuenta está más orientado a cuidar los intereses de quien lo narra que a relatar hechos objetivos, y donde la historia se reescribe constantemente a favor de quien tiene la capacidad de influencia para ello. Un momento difícil para aspectos tan básicos como el multilateralismo, la meridiana lógica de que viviendo una mayor cantidad de personas mejor, el resultado será superlativo para todas y todos, o incluso para la pervivencia y cuidado de los valores más elementales, ligados a derechos fundamentales y para mí profundamente intocables.
La vida sigue, sí... aunque el cronómetro de cada cual siga inicios y finales diferentes, y aunque muchos de los que seguían vivos cuando publicaba la penúltima columna antes de esta, el pasado sábado, ya no estén hoy entre nosotros. Y es que cada día que pasa implica cambios en la trayectoria de cada cual, ya saben, con multitud de cruces de caminos y una estaciones bien diferentes de inicio y fin de cada periplo vital. Es imposible, por otra parte, calzarse los zapatos del otro, y hemos de ser bien sabedores de que cuando abrimos la boca para criticar no sabemos, normalmente, más que una ínfima parte de los elementos conceptuales que tienen que ver con el devenir y las experiencias de aquellos a quienes queremos denostar...
Es por eso que, insisto, no vale la pena tal ejercicio vacuo y tan de aquí de perder el tiempo en algo diferente a acompañar y construir, apoyar y buscar la mejora colectiva. Pero si lo que se acomete es esto último, sabiendo anteponer en los grandes temas lo de todas y todos, además, más allá de la visión de cada uno de nosotros, entonces tenemos muchas más posibilidades de éxito. Y cuando digo «éxito» no me refiero tanto al relumbrón o a la brillantez como al sosiego que antes reivindicaba. A la sensación de hacer las cosas desde las convicciones, pico y pala y en la trinchera, más allá de caducos espejismos mediáticos.
Estos días me refería a mis primeras sensaciones sobre el abordaje del luctuoso accidente de Adamuz, alabando la coordinación y el espíritu constructivo entre los responsables políticos de las diferentes administraciones implicadas. Hoy, muy pocos días después, la realidad ya es en buena parte diferente, con un panorama mucho más fragmentado. Por eso creo que hay que insistir en la importancia de obrar desde el rigor, la buena gestión, el respeto y la búsqueda del bien colectivo, por encima de intereses partidistas y partidarios. Ya es dura la situación de por sí, para que no haga falta aderezarla de elementos adicionales que perturban aún más el sosiego, y que nos ponen contra las cuerdas en materia de convivencia y búsqueda del bien común. No terminemos de romperlo todo, que ya hay muchas vidas rotas...
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