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Opinión

¡Cacahuetes contra Trump!

La semana que empezó el 12 de enero Trump —exultante por el rapto de Maduro y la sumisión de Delcy Rodríguez— remachó que Groenlandia «por las buenas o por las malas» también debía ser americana. Y que no descartaba usar la fuerza. Su insistencia fue tal que siete estados europeos

—entre ellos Alemania, Francia y Gran Bretaña— enviaron unos pocos militares a Groenlandia como gesto de apoyo a Dinamarca. Entonces, el sábado 17, Trump, irritado, anuncio una subida del 10% de los aranceles a esos países.

Pero —¡oh sorpresa!— el miércoles 21, a su llegada a Davos, bajó algo el tono. No haría uso de la fuerza, solo quería comprar «un trozo de hielo», como pasó con Florida en el siglo XIX. Y los daneses y europeos lo lamentarían sino cedían. Y —¡más sorpresa!— el mismo miércoles por la noche, tras una conversación con Mark Rutte —muy criticado aquí, pero que ha gobernado Holanda 14 años y siempre en coalición—, proclamó que había llegado a un fantástico acuerdo sobre Groenlandia, desconocido hasta hoy, y que retiraba los aranceles extra del 10%.

Fue una poco camuflada marcha atrás. Europa le había derrotado en la batalla de Groenlandia. Solo afirmando que no se iba a rendir y que la toma del «trozo de hielo» —territorio OTAN— por el país más potente del pacto supondría la muerte de la OTAN, un puntal de la estabilidad mundial desde su creación en 1949. SÍ, Europa ha ganado… pero con el viento de los mercados a favor.

Alan Greenspan, presidente de la Fed durante 19 años, lamentó una vez «la exuberancia irracional de los mercados», pero lo cierto es que —burbujas aparte— la irracionalidad política y económica les asusta. Y cuando el martes 20 abrió Wall Street (el lunes estuvo cerrada por ser el día de Martin Luther King), la bolsa americana perdió UN billón de dólares de capitalización. El dólar se depreció (en 2025 ya perdió un 10%), los bonos americanos padecieron, y el oro y el franco suizo siguieron revalorizándose como valores refugio.

Los mercados acentuaban su desconfianza en el dólar y la política de Trump. Ursula von der Leyen no es Bismarck, pero tampoco un Maduro cualquiera cuya caída -legalidad internacional aparte- solo debió lamentar Pablo Iglesias…y aquella derecha que ha visto como Delcy Rodríguez pasaba de ser la amiga de Zapatero a la amiga de Trump. Trump dijo en Davos que las bajadas de Wall Street eran solo peanuts (miseria o cacahuetes) ante sus éxitos económicos. Pero, poco después, se apresuró a rectificar. Ahora las bolsas han corregido sus caídas, pero sigue la desconfianza en el dólar y el oro rozó ayer los 5.000 dólares la onza, cuando hace un año cotizaba a 3.000. Lo que un marxista primitivo atacaría como «el capitalismo financiero internacional» recela de Trump.

Y Trump tiene vanidad. No le gustó que Mark Carney, primer ministro de Canadá, que ha presidido los bancos centrales de Canadá e Inglaterra (¿cómplices de Powell?), fuera vitoreado en Davos cuando dijo que Trump nos llevaba a un mundo sin ley y más peligroso, y que él solo recibiera aplausos de cortesía. Europa ha ganado y está dando pasos, aunque despacio, a la supranacionalidad. Hacia ser un Estado, o saber comportarse como tal.

Pero el día después de la batalla de Groenlandia, el Parlamento Europeo —en una extraña conjunción de extrema derecha e extrema izquierda, más diputados Tutti Frutti que miran a la agricultura patria— votó enviar el acuerdo con Mercosur, negociado durante 25 años, a los tribunales europeos para descarrilarlo. Fue solo por 10 votos, pero es ignorar que hacer frente al proteccionismo de Trump exige abrir mercados. Y Francia y Alemania —eje motor de la UE— no se entienden igual que cuando nació el euro.

Zelenski —dolido porque la UE, que le ayuda, no consigue doblegar la querencia de Trump por Putin— ha dicho una frase asesina con dosis de verdad: «Europa debería ser un auténtico poder global, pero sigue siendo un hermoso pero fragmentado caleidoscopio de pequeños y medianos poderes».

Y la llegada de la extrema derecha a los gobiernos no la reforzaría. Meloni…se digiere. Pero Meloni en Roma y —Dios no lo quiera— Marine Le Pen en París…Los edificios en construcción acusan las inclemencias.

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