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Opinión | Crónicas galantes

Descarrila la confianza

El tren gozaba hasta ahora de una magnífica imagen que ha sufrido grave deterioro con la sucesión de accidentes de los últimos días. Lástima. Es un transporte con justa fama de ecológico, rápido y seguro que los temerosos del avión aprecian, siquiera sea porque nada tranquiliza más que viajar pegado al suelo.

Este último factor ha perdido fuerza al sospecharse que los raíles sobre los que circula a gran velocidad fueron —en principio— la causa del luctuoso siniestro de un AVE en Andalucía. Fácilmente se comprenderá la aprensión de los usuarios en el caso de que el descarrilamiento pudiera atribuirse a un defectuoso control del estado de las vías. El miedo es libre: y no pocos viajeros se habrán echado atrás a la hora de elegir el medio por el que se mueven.

No debiera ser así. El tren fue desde sus comienzos un transporte que estimulaba el lado sentimental de la gente. Tanto como para que algunas compañías exploten todavía con éxito esa faceta, organizando convoyes románticos por todo el mundo: desde Alemania a Japón, Rusia o India. Incluso por España circulan varios de ellos.

Y no solo eso. El ferrocarril, tan literario, inspiró a novelistas del fuste de Patricia Highsmith para escribir Extraños en un tren. También Agatha Christie encontró en el callado ambiente de los vagones un escenario ideal para la intriga de Asesinato en el Orient Express.

Acredita la buena fama del tren, que desde sus orígenes fue un símbolo de progreso, el dato de que sea una copiosa fuente de metáforas basadas generalmente en la admiración.

«Está como un tren», se dice, por ejemplo, de una persona que suscita emociones eróticas en quien así la compara con un convoy. Disfrutar de una plácida existencia equivale a gozar de un buen tren de vida. O vivir a todo tren, cuando alguien dispone de los medios necesarios para pasarlo en grande.

Los melancólicos lamentan, por otro lado, haber dejado pasar tantos trenes a lo largo de su vida, en una referencia ferroviaria a la pérdida de oportunidades. Cuando las aprovechan, en cambio, suele decirse que se han subido a un tren en marcha.

No acaban ahí las metáforas del ferrocarril. Un conflicto imposible de resolver desemboca inevitablemente en un choque de trenes, alegoría muy usada en el mundo de la política y de su continuación por otros medios, que es la guerra. Más o menos lo que va a suceder entre el Gobierno y la oposición a propósito de la última cadena de desdichas sobre raíles.

Todo esto da la impresión, quizá exagerada, de que el Estado es incapaz de gestionar con eficiencia sus propias obras. Quién sabe. De momento, lo que ha descarrilado es la confianza del personal en el tren. No se le puede quitar mérito al gobierno que ha obrado semejante hazaña.

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