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Opinión | La calle nueva

Ya lo dijo Cicerón

Nada es broma en el discurso de Trump. Todo él, la esencia de sus discursos, la intención burlona de destruir la razón del contrario, forma parte del discurso que dio en Davos

Cicerón lo dijo antes que Josep Maria Pou. De hecho, a Pou se lo escuché decir en su versión bellísima, interior, inolvidable, del impar Cicerón que él interpretó por muchos lugares de España. «Hasta cuándo, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia».

La historia marca esa frase, que tiene su origen, naturalmente, para que las edades sucesivas de los seres humanos tuvieran un modo inolvidable de mostrar su impaciencia ante el abusador o ante el que se burlara.

Cuando se lo escuché decir al gran actor de raíz, y lengua, y pasión, catalana, no estaba todavía este hombre, Donald Trump, marcando la posibilidad de paciencia que mantienen los países y el mundo ante personajes capaces de burlarse sin vergüenza de los ciudadanos.

Esa paciencia ahora es mundial, porque no se refiere solo a los que lo sufren en los lugares en los que él, como presidente de los Estados Unidos, tiene jurisdicción, sino que ya abarca, parece que sin remedio, cada una de las circunscripciones del universo. Reclama para sí tierras ajenas, incluido el hielo, se mofa de la manera de hablar o de hacer de los colegas que mandan en otros países, se refiere con desdén, y con crueldad, a los que forman parte de los gobiernos de otras naciones, incluidas aquellas que forman parte de Europa, de toda Europa...

De esa risa feroz, como cualquier caricatura, y desde esa manera de la burla, se ha hecho ya (eso parece) dueño de un país de nuestra lengua, Venezuela, de cuya presidencia se siente titular como si un dios sin remedio se lo hubiera otorgado. Su modo más reciente de burlarse del mundo entero, de creerse el creador del cielo y de la tierra, ha sido su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos.

Allí, donde todo mandamás tiene su entrada, hizo un discurso que sería olvidable sino fueran él, sus ideas, el país al que dice defender, tan peligrosas como las razones que describe para ganarle la partida a sus propios socios, alguno de los cuales se sienten súbditos suyos sea cual sea el origen de los peligros que representa.

Groenlandia, que es ahora su leitmotiv. Un día podría serlo Canarias, mi tierra, o, pongo por caso, Eivissa, o Galicia, vete a saber, porque de pronto encuentra que en esos sitios el mar no huele como Dios manda. Bromas aparte, nada es broma en lo que dice, ni siquiera cuando se burla de aquellos que saben más que él por lo que su país le debe al mundo (ahí está el amargo recuerdo del 11-S)...

Nada es broma en su discurso. Todo él, la esencia de sus discursos, la intención burlona de destruir la razón del contrario, forma parte del discurso que dio en Davos. Ese diatriba, como las que da en las Naciones Unidas o en su casa o en su despacho de presidente de su país, está al servicio de los que, como Milei en Argentina o Abascal en España, consideran que este hombre va por el mundo repartiendo la palabra de Dios.

Suena lo que dice, y lo que pretende hacer, como el anuncio de una nueva era a la que se suma hasta cuando aprueba, y jalea, aquel asesinato en Minnesota cuya víctima fue para él una joven descarriada, presa de la izquierda inmoral que asola el mundo... y el asesinato de un hombre el sábado, también en Minnesota.

A Europa, en el discurso de Davos, le regaló un calificativo («un continente descarrilado») que ahora le servirá de amenaza y de eslogan. «Europa no va en la dirección correcta». Reparte, cara al mundo, todo lo que dice saber, y lo que ya se va sabiendo. Son lugares comunes que generan en el mundo de hoy la sensación de que él no va en serio, que eso que dice es parte del disgusto visceral del ser humano que representa... Pero va en serio.

El mundo que lo aplaude está aquí, lo tenemos cerca, está deseando que ocurra lo que él dice, para salir con sus banderas a la calle, para celebrar la muerte del continente descarrilado... Cicerón lo dijo el año 63 antes de Cristo, para otro propósito, pero se mantiene la misma advertencia: «Quosque tamden, Catilina, abutere patientia nostra». Un día veremos otra vez decirlo a Josep Maria Pou sobre el escenario. Ojalá que sea de nuevo un recuerdo de Cicerón y no una apelación a lo que esté ocurriendo en nuestro mundo y en sus alrededores.

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