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Opinión

Angrois y la ponzoña

Con el progresivo plateado de las sienes uno se vuelve más inmune a las circunstancias que le circundan, entre otras razones, porque, frecuentemente, poco o nada se puede hacer. Es ésta una recomendable actitud de calma que cultivaron los sabios estoicos. No obstante, en alguna que otra ocasión hago caso omiso de tal pauta conductual y me precipito al abismo de la opinión, actividad de enorme riesgo en los tiempos que corren ante la incesante sucesión de restricciones a las libertades (día tras día algo se prohíbe).

Dada a conocer la sentencia de la Audiencia Provincial de A Coruña sobre el accidente ferroviario en Angrois, y en la que se mantiene la condena del maquinista del convoy y, sin embargo, se absuelve al exdirector de Seguridad en la Circulación de ADIF, no han tardado en arreciar críticas feroces contra el sentido del fallo, y es que una muchedumbre, bien o malintencionada, pero azuzada por espurios intereses, exige más sujetos en el cadalso.

La regla de la «pausa consciente», como lapso entre el impulso y la reacción, la voy a conculcar hoy conscientemente, y de modo presto, pues, en temas de actualidad (más, si cabe, tras el siniestro de Adamuz) es mala práctica procrastinar.

Como es acostumbrado, los «multidisciplinares» opinan de todos y de todo. No seré yo quien censure la libertad de expresión, de la que tanto uso hago, pero las manifestaciones han de ser contenidas y respetuosas, por cierto, la urbanidad debiera ser recuperada como asignatura a implantar en el plan de estudios (soy proclive a cierto grado de digresión).

Las discrepancias con lenguaje lacerante que provienen del terreno político y de los mercenarios a su servicio mucho me temo que no obedecen a la empatía con la desazón insoportable de víctimas y perjudicados, a la representación del dolor crónico por la pérdida de vidas, proyectos y esperanzas. La razón de aquella censura desabrida barrunto que es una estrategia de embate partidista, ni siquiera ideológico, porque la ideología es algo más puro, incluso hormonal, como recordaba Saramago.

Trataré de hacer una sinopsis de una extensísima sentencia (268 páginas), en lo que interesa para estas líneas, y del modo más inteligible del que soy capaz: El conductor (maquinista) de un vehículo de riesgo (ferrocarril con velocidades entorno a los 250 km/h) ha de tomar todas las cautelas que su función le exige (diligencia profesional). Lleva en sus manos las vidas de sus congéneres (cientos de pasajeros). Ha de adaptar la velocidad a las circunstancias del trazado, sobradamente conocido por ser ruta habitual (curva) señalización existente (límite de velocidad a 80 km/h y entra en curva a 200 km/h, con múltiples señales acústicas y visuales) y mecanismos de seguridad existentes y de los que tiene cabal conocimiento (la línea no disponía de ERTMS, sistema automático que frena el tren, sino de ASFA, sistema de aviso al maquinista, e incluso en el curso de la llamada acciona varias veces el «pedal de hombre muerto, impidiendo que se activase el freno de emergencia) y no lo sean permitidas distracciones innecesarias (atender una llamada telefónica desvincula de la función del momento) susceptibles de causar daños trágicos (innumerables daños personales y materiales). Es la falta de diligencia, sea penal o civil (en nuestro caso se ha adjetivado de penal, por la gravedad del comportamiento, que tilda de temerario) del maquinista la única causa relevante del descarrilamiento y del dramático resultado, sin que tenga significación causal alguna la actuación del Director de Seguridad en la Circulación del Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF, Administrador de Infraestructuras Ferroviarias, entidad pública encargada de la construcción administración y mantenimiento de la red ferroviaria).

La sentencia, al menos para el suscribiente, es un claro paradigma de sentido común, más allá de sesudas disquisiciones jurídicas, en línea, por cierto, con lo ya apuntado por alguno de los instructores de una causa de largo devenir. Pero, «Qué tiempos serán los que vivimos, que es necesario defender lo obvio» (Bertol Brecht).

Lo que se vislumbra en las críticas es un empeño de «más sangre», que puede obedecer a variadas motivaciones, bien la intención de que las víctimas y perjudicados, para los que no hay consuelo, puedan mitigar su dolor con la condena de altos cargos de la administración (hasta donde se pueda llegar en la jerarquía de ésta, aun cuando ya las indemnizaciones están garantizadas por la condena como responsable civil de la administración), sentimiento harto comprensible, bien la manipulación política del propio dolor de aquéllos, lo que es nauseabundo, y que, por desgracia, ya es costumbre si reparamos en otros asuntos de actualidad (véase crisis sanitaria, inundaciones en el Levante, el gran apagón, Adamuz…), bien, en fin, la igualmente excusable táctica del único responsable de eludir o compartir su culpa, pues, al fin y a la postre, no es sino también víctima, mas de su propio proceder.

Las resoluciones judiciales pueden e incluso deben ser objeto de crítica, sin lugar a dudas, pero han de hacerse con tino y nobleza. Debemos tomar conciencia plena de que las críticas a las instituciones, en concreto, a los tribunales, desaforadas, sin medida, y a menudo con fines perversos, alejados de atisbo alguno de comprensión del dolor ajeno, dinamitan la confianza, la seguridad, el cumplimiento de la ley, y, en definitiva, la finalidad última de ésta, la paz social.

Los tribunales son, sino la mayor, una de las garantías fundamentales de los derechos individuales de los ciudadanos y del cumplimiento de las leyes, nos gusten o no éstas y las decisiones de aquéllos. Lo demás es el caos y un camino expedito al hegemón de turno.

La compasión sin ley no es cometido de los jueces

El siniestro de Angrois lo relacionamos automáticamente con el suceso de Adamuz, sin embargo, sólo hay, en esencia, un denominador común, que es la tragedia inconmensurable, pues las responsabilidades son diversas (por ejemplo, en Adamuz y, entre otras, probablemente, la intervención del «ñapas», espécimen autónomo de la Piel de Toro).

P.S.: Sufrimos en estos tiempos en la administración de justicia la paulatina implantación sin retorno de lo que se ha dado en denominar ampulosamente «el nuevo modelo organizativo del siglo XXI», esto es, los Tribunales de Instancia. Como el espacio es limitado, simplemente les digo: El enésimo trampantojo, que amenazaba ya desde el año 2009, ante el que los colectivos profesionales han claudicado con su silencio. ¿Recuerdan la frase de la sultana Aixa dirigida a su hijo Boabdil «el Chico»? o, en expresión más nuestra y pedestre, estivestes a velas vir, pois a chorar a Cangas.

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