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Opinión | Crónicas galantes

La Corte contagia a Feijóo

Han bastado unos pocos años de estancia en Madrid para que el centrista Alberto Núñez Feijóo se escorase a la derecha más ruda. En tan breve espacio de tiempo se ha contagiado del áspero ambiente de la Corte, lugar donde suelen volar los puñales y el civismo se interpreta a menudo como un síntoma de debilidad.

Si antes se mostraba razonable y comprensivo con los inmigrantes, por ejemplo, ahora se opone a darles papeles bajo el argumento de que eso desataría un «efecto llamada» para quienes aún estén planteándose venir a España. Es una vieja y bastante popular idea, sostenida mayormente por la parte más extrema del espectro conservador.

El entorno influye mucho, ya se dijo. En el foro capitalino se sobrevalora a aquellos —e incluso aquellas— que los tienen bien puestos, como si lo lógico fuera pensar con los testículos y reservar la cabeza para embestir, al modo taurino. Poco tienen que hacer los templagaitas, término con el que se adjetiva despectivamente a los moderados en ese ambiente cargado de testosterona.

El propio Feijóo se lo había pensado dos veces —y aceptó a la segunda— cuando le propusieron asumir el cargo de aspirante a la presidencia del Gobierno desde la oposición. Quizá se maliciase que nada o casi nada tenía que ver el sosegado ambiente de Galicia con las inclemencias políticas del foro. Pero el caso es que dio su consentimiento con la probable idea de cambiar las cosas. Finalmente, las cosas lo han cambiado a él.

No solo se trata de la Corte, claro está. Algo, o mucho, habrá influido en su viraje hacia la derecha más carpetovetónica el ascenso en las encuestas de Vox, principal competidor de su partido. Si no puedes con tu enemigo, únete —o arrímate— a él, dijo ya en su momento San Lupo de Troyes cuando las huestes de Atila amenazaban a sus ejércitos.

Por entendible que resulte esa actitud, no deja de chocar un poco con la anterior trayectoria del líder de la oposición, que ofrecía una imagen dialogante propia de la vieja derecha europea.

Lejos de los catecismos ideológicos, Feijóo hablaba sin problemas con sindicalistas y empresarios; defendía —lógicamente— las ventajas del Estado de las autonomías y pocos dudaban de que fuese un liberal en los varios sentidos de la palabra. Incluso se llevaba bien con los catalanes, que tantas veces han sido la bicha de ciertos políticos españoles.

Infelizmente, los aires de la Corte, tan distantes de la mesura y de la sutileza, parecen haber acabado por contagiar al que en su día fue elegido jefe de los conservadores: precisamente por su carácter moderado. Tarde ha caído Feijóo en la cuenta de que, en Madrid, y no solo allí, la derecha es más bien de Ayuso y de sus bruscos casticismos de otra época. Si el público pide caña, nada mejor que tomarla con los inmigrantes.

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