Opinión | Parece una tontería
La caja
No viene a cuento hablar de ello, pero abrí una caja de zapatos en la que no había zapatos, sino algunos objetos. Parecían recién llegados del pasado, con gesto aún de velocidad; algunos me pertenecían y otros también. Los que también me pertenecían lo hacían en la medida que los tenía yo, pero en otro momento habían sido de otras personas. En concreto, algunas de ellas exparejas. Me acordé enseguida de un texto que había subrayado en el primer volumen de los Diarios de Rafael Chirbes. Era abril de 1984 cuando lo escribió. Vivía en una cierta provisionalidad, y bajo una sensación general de cansancio. Lamentaba el caos que había en su casa, y que las cosas invadían espacios que no les pertenecían. Nada encontraba su sitio, ni siquiera él. Las semanas se le escapaban volando y no le daba tiempo a poner orden, a reflexionar, a ocupar la geografía doméstica, tampoco la íntima, «Me siento incapaz de colonizarme a mí mismo, un ser plural, a la deriva, cada una de cuyas partes parece escapar de estampida en dirección distinta a las otras», admite.
En este contexto desalentador, siempre curándose de algo que lo había herido, es en el que escribió: «En el amor, hay que ver qué prisa se da uno por cargarse los recuerdos comunes: libros, discos, lugares, mots de famille: como si no fuera precisamente toda esa ganga la que te hace pagar un elevado precio a la hora de la ruptura. Una vez que la historia de amor se acaba, esos objetos, sonidos, lugares o caras que viste u oíste con la otra persona, lo que oliste y palpaste, te persiguen por todas partes, te asedian y te impiden levantar cabeza». Un Chirbes dolido seguramente por una ruptura sentimental no demasiado lejana, señala cómo se acerca a la librería, va a extraer un libro del estante, y ahí está el que a la otra persona le gustaba. O abre la puerta de la nevera y las fresas o el filete de ternera, lo que sea que ve allí dentro, lo pone en contacto con ella, con un gesto suyo, con una frase que dijo: se la trae, la ponen delante, interfiere entre él y el resto del mundo.
Ya advertía Italo Calvino que hay que tener mucho cuidado con los objetos que se introducen en un texto porque actúan de polo magnético de la narración, atraen al argumento, y se vuelven objetivos potenciales de nuestra atención. Cuando abrí la caja, de hecho, los objetos, o más bien su significado, la abandonaron como los vientos de Pandora. Nada que se guarde en una caja, y que ya no sirve para nada, está lo bastante muerto. De lo contrario no estaría en una caja. Hay algo en ellos que no se deja agotar. No permiten que nadie les chupe la sangre. Son depositarios de una biografía, la de quienes los compartieron. Resisten al paso del tiempo, y a la llegada de lo nuevo, en cajas que a veces guardamos en lo alto de una estantería, un armario, un cajón. Son muchas veces lo que queda de un amor que se fue, el último testigo, lo que aguanta aun después del olvido. Y lo guardamos porque tiene el secreto para que aquello y que ya no posee relevancia, en un instante bellísimo lo adquiera; en lo que se tarda en encontrar una caja y abrirla.
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