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Opinión | Buenos días y buena suerte

Fascismo 2.0, Orwell 2.0

Nos cuesta usar la palabra, pero, si no es fascismo, se le parece mucho. Algunos creen que, nombrándolo, lo invocamos un poco. Otros creen que nombrarlo significa desgastar el término en exceso, y lo mismo se decía de la palabra genocidio. Pero quizás haya que llamar a las cosas por su nombre. Porque el nombre de las cosas importa. Bajo el manto políticamente correcto del lenguaje se esconde muchas veces el cuerpo monstruoso de la infamia.

Las acciones de los paramilitares federales de Trump (ICE, por sus siglas en inglés) no sólo son rechazables desde el sentido común: responden a un intento de intimidación y matonismo, puesto en marcha con aviesa intención. Tan grande es ese matonismo, que incluso matan: literalmente. Convertir algunas ciudades de los Estados Unidos en un escenario de caos y degradación es una muestra de la sostenida labor de Trump contra algunos de sus propios ciudadanos. No hay mayor manifestación de antipatriotismo.

Cuando un dirigente se alza con paramilitares contra una parte de su propia población es obvio que esa misma población debe hacer algo por detener su furia, su locura y su impunidad. Las revueltas no parecen ser suficientes porque estamos ante un paisaje crudo, de brutalidad intolerable. Quizás las casi inmediatas elecciones de medio mandato deberían mandar un mensaje contundente a toda esta nueva ralea de impresentables dirigentes políticos.

El propio magnate teme ahora que las cosas se le hayan ido de las manos: demasiado tarde para los muertos. En general, los aprendices de tiranos suelen mostrar cinismo y cobardía a partes iguales. La gente sensata de los Estados Unidos, y hay mucha gente sensata allí, debe detener democráticamente esta deriva surrealista, a pesar de tener que enfrentarse desde hace tiempo a actitudes muy poco o nada democráticas de sus propios líderes. En los USA, como aquí, no podemos permitir que destruyan nuestra forma de vida, abierta y libre, a base de intimidación y raptos de violencia.

Se trata de algo que debe hacer sin titubeos la sociedad civil, pues la voluntad política, Europa incluida, no parece suficiente. Más bien, parece claramente meliflua e insuficiente. Somos nosotros, los que podemos, y debemos, detener esta locura global, desatada por el egoísmo de los nuevos líderes imperialistas que, incluso, se permiten el lujo de atacar a su propia gente y llamarlo patriotismo. Y debemos hacerlo en nombre de Europa, por qué no. Se lo debemos todo a la democracia y no podemos permitir que la secuestren.

El neofascismo no es una revolución: es un regreso al infierno de la historia.

El Gobierno de España ha dado un paso importante con una gran regularización de la inmigración. Periódicos de prestigio global como The New York Times o The Guardian han saludado la decisión desde sus titulares más importantes. Es una decisión en la línea de la política inclusiva que, además, favorece extraordinariamente la economía española, como es bien sabido, en sectores clave. Si a las rentas bajas, que afectan también a muchos asalariados españoles (esta es la pobreza, como el gran fiasco en vivienda, que hay que combatir, a pesar de la buena macroeconomía), se le suma la inseguridad jurídica, la vida puede convertirse en una tortura.

Comparando esta decisión de calado social con la actitud obscena de los matones de Trump y su ataque sistemático a una inmigración que, además, es el fundamento de la existencia de los Estados Unidos, creo que queda claro en qué lado de la historia tenemos que estar.

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