Opinión | Crónicas galantes
La culpa es de los meteorólogos
«Llueve, ¡Gobierno ladrón!», suelen exclamar en tono de coña los italianos cada vez que les caen cuatro gotas. Aquí en España, donde no se gasta tanto humor, los internautas han encontrado un nuevo culpable en los meteorólogos, que al parecer son los causantes de la lluvia. Lo malo es que lo dicen en serio.
Lo ha constatado en estos días de temporales el físico y meteorólogo Martín Barreiro, a quien toca el mal trago de hablar de la atmósfera en la tele pública. Barreiro, que es compostelano y alguna experiencia habrá de tener en cuestión de aguas, revela en una entrevista las amenazas de muerte dirigidas a los hombres del tiempo en las redes.
«Más vale que pase lo que estáis diciendo (los meteorólogos), porque si muere alguien, los siguientes seréis vosotros», se lee en uno de los mensajes citados por Barreiro. Esto se veía venir.
Los conspiranoicos que no paran de ver conjuras en casi todo empezaron por negar al cambio climático su existencia; pero eso fue solo el principio. Ahora han dado un inevitable paso adelante al cuestionar la Meteorología como ciencia. Lo suyo es más bien creer ciegamente en las estelas químicas —o chemtrails— que riegan en la atmósfera los aviones al servicio de alguna secreta conspiración mundial.
De ahí a llegar a la conclusión de que los meteorólogos son una especie de secta diabólica capaz de convocar a las borrascas, no había más que un breve trecho. Parece que no han tardado en recorrerlo.
No bastaba con llevarle la contraria a aquellos que con tanta imprudencia sostienen la condición aproximadamente redonda de la Tierra. Ahora han desenmascarado también a esa masonería de las isotermas y las isobaras que forman los meteorólogos empeñados en cubrir de lluvias el planeta.
Tampoco es que le hayan echado mucha imaginación al asunto. En Galicia y otros lugares del norte ya solíamos atribuirle a los nubeiros la habilidad de controlar a su gusto los sucesos de la atmósfera.
Son los nubeiros unos trasgos voladores que andan enredando entre las nubes, como su nombre indica. Hay quien los considera una especie de diablos subalternos que, a pesar de su escasa jerarquía, provocan lluvias, ciclones y pedriscos, entre otras travesuras. A menudo lo hacen sin siquiera proponérselo, dada la torpeza y tendencia al despiste que las leyendas les atribuyen.
Mucho menos ingeniosos, los teóricos de la conspiración han elegido ahora a los meteorólogos como blanco de sus iras, que a veces se traducen en serias amenazas a la integridad de los miembros del gremio.
«Y, sin embargo, se mueve», dicen que dijo Galileo cuando la Inquisición le obligó a retractarse de que la Tierra gira alrededor del Sol. Y, sin embargo, llueve, podríamos parafrasear ahora que a los hombres del tiempo los culpan otras inquisiciones de provocar la lluvia. Ya solo falta que Trump les dé la razón.
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