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Opinión | La Calle Nueva

País de emigrantes

Ha circulado la intención de impedir a los emigrantes, sobre todo sudamericanos, que obtengan la nacionalidad española. Los trámites, que ya son parte de una decisión del Gobierno, no garantizan que esa posibilidad les ayude, además, a tener de inmediato derecho a votar en las elecciones que vengan. Esta no es una suposición, sino parte de lo que permite esa ley. No es la primera vez que esa ley tiene ese propósito, garantizar de por vida la presencia entre nosotros de los que vinieron sin papeles y con salarios sin futuro.

Ese gesto de posible rechazo ha sido desautorizado por Europa, que considera que es este país, y la comunidad de naciones, el que ha de dilucidar la pertinencia o no de una posibilidad que, sin duda, ha sido recibida con gratitud y alegría por quienes, desde todas las partes de América, han considerado que este es un derecho que se le debe a la generosidad de quienes, en España, son parte de la vida cotidiana, del trabajo y de la convivencia. La decisión gubernamental ha sido recibida como un derecho debido a los que, durante años, han sido parte de nosotros, sin derechos, descuidados, obligados a esconderse de lo que son: ciudadanos como cualquiera de nosotros. Esta decisión no es inédita: partidos que no son el que manda ahora han hecho lo propio en otras legislaturas, y en ningún caso (en ningún caso) nadie, ni políticos ni ciudadanos, se han arrepentido de esta convivencia. Al contrario.

Ahora, sin embargo, se ha producido un alboroto que tiene que ver con lo que temen los que no gobiernan y esperan gobernar en el futuro. Legítimamente, como es natural. Ese temor les ha llevado a preguntar a las autoridades europeas si no sería conveniente cercenar esa legislación, puesto que pone en peligro los comicios venideros. El razonamiento de aquellos que han sido instados básicamente a cercenar esa ley han reaccionado explicando que, como en otro tiempo, es el Estado en el que estas personas viven el único que está facultado para poner esa ley en movimiento. Es España, no es Europa. Tardaron poco esas autoridades europeas en darle a los miles de ciudadanos que quieren seguir entre nosotros la misma razón, y las mismas garantías, que otros emigrantes han tenido de quedarse acá hasta que quieran, siendo además compatriotas nuestros.

Viví mi niñez y mi adolescencia, como muchos de los niños y de los ciudadanos de las Canarias, gracias a la generosidad venezolana, por ejemplo, tierra de la que ahora hay tantos viviendo en tierra española. En aquellos tiempos, que eran terribles para nosotros, pues vivíamos acosados por la miseria y la desgracia del hambre, las autoridades venezolanas hicieron sitio a los que viajaban desde las islas.

En mi barrio, en El Puerto de la Cruz, Tenerife, era mi madre la que guardaba las cartas de llamada en virtud de las cuales los emigrantes isleños podían hacer sus viajes de ida. Muchos de esos viajes de ida jamás tuvieron vuelta, aunque al cabo de las décadas fueron muchos de los que habían viajado a Venezuela o que nacieron allí los que volvieron a las islas en la búsqueda inversa: ahora eran las islas, y otros lugares de España, los que les dieron cobijo a los emigrantes inversos, nuestros parientes, nuestros amigos.

España fue generosa, Venezuela lo había sido, lo siguió siendo durante años. Cuando ahora se propuso, desde la política, que hubiera compuertas cerradas o difíciles de abrir el deseo de estos latinoamericanos de seguir entre nosotros, sentí la repulsión que anima al recuerdo a pedir perdón a los que aquí hayan sentido que pueden ser expulsados por aquellos que, de una manera u otra, y en otros tiempos duros para España, hicieron sitio en América para quienes aquí se morían de hambre.

La decisión europea de recordarles a quienes tuvieron la ocurrencia de decir que había que ponerle puertas al campo, y hacer que España fuera tierra de expulsión, es una notable cachetada a quienes, sin leer las leyes, deciden que es mejor quedarnos en nuestra mezquindad que abrir la mano a quienes ya nos la dieron.

Este es un momento grave en el mundo. Se cierran puertas, se rompen afectos, se diluye en el aire la generosidad de los países y de sus gobernantes. Pero los seres humanos que vienen y van en busca del futuro tienen el derecho de vivir allí donde buscaron refugio entre quienes ya lo tuvieron. Fuimos nosotros los que ocupamos sus tierras, sus calles, sus pasiones y sus casas. Ahora estamos allá y estamos acá, con los mismos derechos, con igual alegría de encontrarnos.

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