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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

Una carta más allá de nuestras personales fronteras...

¡Buenos días! Les saludo en estos días lluviosos, precisamente disfrutando de un completísimo arco iris doble, que alegra el cielo. Dos completos conjuntos de los siete colores —rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta— en los que se divide la luz blanca, separados entre sí por la llamada banda oscura de Rolando… En realidad, infinitos arco iris de intensidad decreciente, aunque normalmente solo alcancemos a ver los primeros… Un verdadero lujo para los sentidos, que nunca nos deja indiferente. ¡Pura magia!

Déjenme que aproveche el día de hoy, 7 de febrero, en el que se conmemora la acción de enviar cartas personales a amigos y amigas, para hablar con ustedes sobre tal cosa. Sobre si son ustedes de mantener la tradición de la carta como vehículo de comunicación o si, en cambio y como yo, han sucumbido a las nuevas tecnologías en ese sentido y apenas o nada cultivan tal cosa. Y es que, para abrir boca, les confesaré que hace tiempo que yo no escribo cartas. Incluso cuando recibo cada Navidad felicitaciones de amigos y amigas que en esas fechas nunca fallan, rápidamente cojo el teléfono y llamo a sus remitentes para agradecerles tal envío… pero sin escribir carta de vuelta… Ya ven…

¿Y ustedes? ¿Cultivan el arte de escribirle a los demás? ¿Son de cartas, o estas se les han quedado definitivamente desplazadas primero por el correo electrónico y luego por las diferentes aplicaciones de mensajería instantánea? ¿Creen ustedes que hay espacio para unas y para las otras, o que en el mundo de hoy, al inicio del segundo cuarto del siglo XXI, ya no? Ya me dirán...

Quizá lo más parecido que hago yo a escribir una carta es precisamente este ejercicio, el de comunicarme periódicamente con ustedes, miércoles y sábados desde el año 2002 -veinticuatro años ya- para compartir mis inquietudes por temas políticos y económicos, fundamentalmente, que afectan a lo social. Un ejercicio un tanto viciado en origen, ya lo sé, ya que en principio tal relación epistolar es únicamente de ida, y no de vuelta. Aunque, para ser francos, siempre me ha parecido maravilloso que contesten mis misivas, escritas con el ánimo de construir y no con el de pontificar, y siempre abiertas a otras sensibilidades y opiniones. Al fin y al cabo, para opinar de lo que nos acontece uno tiene que ser consciente de que es imposible calzarse los zapatos de otra persona, estando la visión de cada cual siempre condicionada por sus propias circunstancias y experiencias, por mucho que haga el propósito de ponerse en el lugar del otro y tratar de entender sus argumentos y posiciones. Otro argumento que me podrán plantear para cuestionar mi equiparación del oficio de columnista con la tarea de autor de cartas es que este ejercicio nuestro no va dirigido a alguien concreto y determinado, sino que se lanza al viento para que recoja el reto quien tenga a bien aceptarlo. Supongo que tendrán razón si esto aducen, pero les diré que para mí este es precisamente el mayor valor de este tipo de construcción: su vocación abierta, mucho más allá de límites de afectos y conocimiento previo, compartiendo reflexiones, pensamiento y experiencias vitales…

Pero bueno, las cartas siguen teniendo cierto tirón… No en vano, se afirma que a las oficinas postales de todo el mundo siguen llegando miles de epístolas, en conjunto, dirigidas a Dios, a Santa Klaus o a los Reyes Magos… Y no crean que todas únicamente solicitando presentes concretos en el tiempo de Navidad, sino que las hay también con vocación de servicio colectivo, desde la denuncia, la reivindicación o la reflexión. Supongo que las Cartas a la Dirección en todos los periódicos cumplen un poco tal papel también. El articular un espacio de comunicación también abierto, con la perspectiva de abordar aquello que nos atañe e importa a todas y a todos, poniéndolo en común con las y los demás…

En fin… Se cuenta que un joven encontró en 1967 una botella con un mensaje dentro, en una playa cerca de Liberia. El joven respondió al remitente, cuya dirección estaba allí. Y se dice que fueron cincuenta y cinco años los que continuó la relación postal entre ambos, habiéndose convertido la misma en una sólida amistad. Ojalá que todos los ejercicios y esfuerzos que hacemos de comunicación colectiva mucho más allá de nuestro entorno más próximo sirvan para construir tal tipo de experiencias, que siempre nos enriquecen y nos dan verdaderas alas desde la perspectiva del crecimiento como persona y del enriquecimiento colectivo… Sí, ojalá. Falta hace en los tiempos que corren, de aislamiento en medio de la multitud, de desinformación regada de datos y de falta de afectos reales, atenazados por ensoñaciones virtuales que nos alejan...

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