Opinión
Trenes: decepcionante
Los muertos y heridos en el accidente de Adamuz y el maquinista muerto en Gelida —por el desplome de un muro de la autopista— que ha agudizado la crisis de las Rodalies catalanas, han abierto grandes interrogantes sobre nuestra red ferroviaria y la alta velocidad, que creíamos puntera en el mundo.
Por eso era, no solo lógico sino inevitable, un gran debate en el Congreso. Además, una muy reciente encuesta (El País) indica que la confianza ciudadana en el sistema ferroviario se ha degradado y que un porcentaje relevante tienen reservas incluso sobre la seguridad de los trenes. Convenía, pues, revisar y discutir la situación. ¿Ha sido útil el debate en el Congreso? Me temo que poco y no solo porque no haya sido monográfico. Al presidente ya le iba bien mezclarlo con asuntos de política internacional, menos sangrientos.
Sánchez vino a decir que las causas del accidente —descarrilamiento agravado por un choque con un Alvia en dirección contraria— todavía no se conocían, pero que la red de alta velocidad está en perfectas condiciones, la del tramo en cuestión se había renovado hace poco, y la inversión se ha incrementado mucho. Quizás, pero el accidente existió y repetidos retrasos e incidentes menores de los últimos meses indicaban que ya algo no funcionaba como antes.
Y aunque Sánchez se presentó tras un acuerdo con los sindicatos por el que se desconvocaba la huelga, bajaba la tensión con los maquinistas del Semaf y se comprometía a un relevante aumento de la inversión, habrían sido necesarias mayores explicaciones. No las hubo. Y Feijóo estuvo acertado al recordar que aún no había una versión definitiva sobre las causas del gran apagón de abril y al preguntar las razones por las que, si todo estaba bien, se ha limitado la velocidad tras el accidente en muchos tramos, incluido el Madrid-Barcelona. ¿Por qué? ¿Solo por precaución? ¿Por presión de los maquinistas? ¿Porque el ministro Puente no domina la situación? Lástima que Feijóo concluyera, sin ninguna prueba, que el Gobierno era el culpable y que la solución era la dimisión del presidente, lo que repite cada día desde 2023. Así, solo facilitó que Sánchez —y luego Patxi López— replicaran con ataques al PP y a Feijóo, en vez de tener que centrarse en las preocupantes incógnitas de lo que Puente confesó que era «un accidente muy extraño».
Y Abascal cuando dijo que «no era un accidente sino un crimen» y Míriam Nogueras, la portavoz de Junts, insistiendo en que la única salida a la lacerante crisis de Rodalies era que el Estado sacara las manos de Cataluña, tampoco elevaron el debate.
¿Es cierto, como dijo Feijóo, que la inversión total ha aumentado, pero no la inversión por kilómetro recorrido por el AVE y las compañías competidoras que se han multiplicado? ¿Se ha hecho una red muy extensa de alta velocidad a costa de invertir menos de lo conveniente en las cercanías de las grandes ciudades? Y, en especial, en Cataluña, donde Renfe (y luego Adif) han invertido desde hace años mucho menos de lo necesario para una población que ha pasado de seis a ocho millones.
Es lógico que ante un accidente tan grave, que hace dudar de demasiadas cosas, el Gobierno tienda a creer que no hay vacuna contra la mala suerte y que todo estaba bien. Y que la oposición intente subrayar los posibles errores y fallos del Gobierno. Pero todo tiene un límite. Para el PP es tentador decir —y tiene razón— que Ábalos, procesado por corrupción, fue hace años el ministro del ramo, pero insistiendo ahí solo consiguió que Sánchez —y Patxi López con más entusiasmo— se dedicaran a enumerar todos los errores del PP, incluyendo el supuesto acoso del alcalde de Móstoles a una concejal y la participación del grupo de «Vamos a volver al 36» en el final de la campaña electoral aragonesa.
Así, solo se exacerba la crispación y no se avanza nada en la corrección de los posibles fallos —que, indudablemente, los hay— en la alta velocidad y en cercanías. Y tanto el respeto a las víctimas y a sus familiares, como la tranquilidad de los millones de usuarios y el prestigio de España —una gran potencia turística— aconsejaban y exigían otra actitud. No todo puede ser una zafia campaña electoral permanente. La prioridad es que el país funcione. Ocupe quien ocupe la Moncloa. n
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