Opinión
‘Happy together’
Era sábado por la tarde y estábamos en casa intentando leer mientras Turrón, con su desbordante energía de cachorro de 4 meses, reclamaba una atención que nosotras, en ese momento, queríamos destinar a nuestros respectivos libros, L. a La trama nupcial de Jeffrey Eugenides y yo a Un asunto de familia, de Claire Lynch. Antes de sentarme, había puesto música clásica porque esa mañana había leído en alguna parte que a los perros los relaja escuchar a Mozart y Beethoven, aunque, puestos a conseguir que sus acelerados corazoncitos se calmen un poco, lo mejor es optar por el reggae o el soft rock, según parece. Del mismo modo que me he acostumbrado a escribir en un silencio casi sepulcral y he de tener el móvil lejos, fuera de mi campo visual, me cuesta cada vez más leer si de fondo suena alguna canción, incluso si no son vocales —hasta hace no tanto, podía hacerlo con jazz suave, Bill Evans, Ben Webster, o Glenn Gould al piano, con su característico tarareo—. Mi capacidad de concentración, víctima de esta sociedad hiperestimulada, ha ido mermando hasta convertirse en un estado casi tan frágil y efímero como la felicidad, o la alegría, también usurpada por la perversidad que nos rodea, hay días que hasta la asfixia. Pero, obstinada como soy, además de tenaz, esa tarde traté de fingir que nada había cambiado. A los pocos minutos, mi nueva realidad se impuso e, incapaz de concentrarme, recurrí a una de esas frases que solo cuando llevas compartiendo los años suficientes con alguien, en la salud pero sobre todo en la enfermedad, y ahí entran las desgracias sobrevenidas, sabes que interpretará en su sentido simbólico —lo que realmente querías decir, pero no te atrevías, por lo que fuera— y no en el literal —lo que has dicho, procurando contener la risa delatora—. Puedes quitar la música, que seguro que te molesta, a mí no me importa. Eso le dije a L., que tardó unos instantes en traducir lo que significaba realmente: yo no quería escuchar música, pero intentaba hacerla creer, sin mucha convicción, que lo hacía por ella, que estaba dispuesta a sacrificarme en eso para que estuviera bien. Aquel momento se quedó en una anécdota que reforzó nuestra complicidad, sostenida en el tiempo gracias al convencimiento mutuo de que ser dos, pensar, sentir, sufrir, vivir así, no implica que una de nosotras tenga que renunciar a lo que es para que seamos una pareja. Quizás ese sea el gran misterio que encierra el amor, a veces podemos ser inseparables, sentirnos raros, incompletos en ausencia de la persona a la que queremos, más vulnerables y apesadumbrados, pero nunca indivisibles del otro. Únicamente siendo conscientes de ello puede perdurar ese sentimiento tan extraordinario, hasta que se acabe, claro, pues la eternidad es propia de las deidades y nosotros, incluso enamorados, somos simples mortales. Me gusta pensar en eso cuando me preguntan si L. y yo estamos casadas o somos pareja de hecho, y nos imagino en un ascensor, encerradas, de camino a terapia, como en la escena de aquella serie, uno de nuestros guilty pleasures, llegando a la conclusión de que si nos queremos es porque las dos preferimos quedarnos en casa en Nochevieja. Como cantaban The Turtles, «so happy together».
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