Opinión
Guarda los objetos que te importan
Nuestro mundo cada vez se parece más a las casas de los futbolistas. Todas son iguales: blancas, minimalistas, enorme sofá y gigante tele, sin libros ni discos, solo los trofeos a la vista de las visitas.
En realidad, se parece a las casas de los futbolistas, pero sin el dinero que estas cuestan. Al fin y al cabo, los seres humanos, hasta hace poco, nos parecíamos más a las ardillas que a los influencers: nos gustaba acumular objetos que habíamos conseguido y que nos servían para definirnos. Cuando los Indiana Jones del futuro descubran un yacimiento de 2026 encontrarán chips y carcasas de móvil.
Pienso en esto por diversas razones. La primera es un magnífico artículo en el portal Xataka. Su autor reflexionaba a través de la desaparición del mueble de salón en las casas españolas. Hasta ahora, esos mamotretos con cristalera servían para decirle a las visitas qué leíamos (la Enciclopedia comprada a plazos), qué viajes habíamos hecho (bibelots y figuritas feas, pero que significaban algo), qué vajilla de gala (regalada en la boda, casi nunca llegaba a la mesa), qué botellas de licor del minibar (la promesa de generosidad).
Ahora, ese enorme mueble de cerezo o pino con cristalera ya no está. Y no está, porque no necesitamos mostrar todo eso, ya que nuestra identidad no está en nuestra vida real, sino en nuestras redes sociales (y las visitas que nos importan son las que entran en nuestros perfiles). Esto no es una elegía a esos muebles de nuestros mayores, pero el fenómeno es sintomático.
La segunda razón es un exquisito libro de memorias recién publicado: Tareas, de Geoff Dyer (Random House). El inglés, que creció en los 60, cuenta su infancia y su adolescencia. Y me enternece cómo hace inventario de los objetos que le sirvieron para definirse. Es preciosa una escena en la que habla de cuando juegan a las batallas en los patios. Sobrevuela la guerra con Hitler, pero su munición es de un sincretismo tronchante: revólveres de seis tiros de los vaqueros del Salvaje Oeste, espadas de plástico de las Cruzadas, cachivaches de la saga Bond. «Ese juego lleno de gritos era una prueba de tranquilidad más potente que el silencio», dice. Luego, a medida que crece, habla de colecciones de cromos, de posavasos de pub, de taquillas donde los alumnos exponían sus elepés de rock progresivo.
Por último, se está celebrando una gira del 40 aniversario de Our Favourite Shop, de The Style Council, un disco que ya en su portada y fotos interiores fiaba a los objetos más preciados la forja de una personalidad.
Esto no es una oda nostálgica y materialista. Pero los objetos son tiempo concentrado y boyas en el mar de la memoria. Y el mundo es peor (y menos nuestro) si todo son jpgs, mp3, streamings volátiles y memoria subida a una nube que otros poseen. Yo, al menos, no sería el mismo si no conservara la petaca de cuero para la picadura de mi abuelo, el bloc de notas donde escribí a los seis años mis primeros cuentos, el CD destrozado del Definitely Maybe que compré con la semanada a los 14, las chapas de cerveza del Interraíl con mi chica, el primer diente que se le cayó a mis hijos o, quizá, el papel en el que se imprimirá esta columna. ¿Y tú?
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