Opinión
Responsabilidad política
Mi madre era una persona muy pasional. Vivía todo con mucha intensidad, daba igual que fuera la preparación de sus clases en el instituto o la elección del restaurante al que salíamos a comer los domingos. No fue una decisión que tomara en sus últimos años, siendo ya consciente de que se le acababa el tiempo y debía beberse la poca vida que tenía por delante antes de que el cáncer la consumiera. En mi memoria siempre fue así, aunque cualquier hecho al ser recordado se convierta en una ficción, forme parte de la narrativa que somos, seres contadores de historias, además de humanos. Esa pasión la trasladaba también a las discusiones que en mi casa se mantenían sobre política, charlas que podían prolongarse horas cuando los amigos de mis padres acudían a almorzar o a cenar convocados por ella.
Durante los años que compartieron, algo menos de dos décadas, mi padre, que tenía mucho carácter, pero no tanta personalidad, era bastante acomodadizo, se dejó llevar por mi madre en todo, gustos, decisiones, ropa, amistades. Y cuando ella murió se encontró perdido, sin saber siquiera qué traje ponerse para ir a trabajar, y solo, circunstancias que trató de solucionar por una vía demasiado rápida, comenzando una nueva relación apenas unos meses después de enviudar. Ya no le juzgo. Lo hice, sí, y aún no he asumido las fatales consecuencias que esa posición mía, de infantil superioridad, tuvo para nuestra relación, que solo fue cercana cuando él era un enfermo terminal y yo la hija cuidadora en busca de redención. He pensado mucho en él, en ellos, estos días, a raíz de unas declaraciones en las que María Guardiola, presidenta en funciones de Extremadura, aseguraba que el feminismo que ella defiende «es el de Vox», partido que, entre otros aberrantes negacionismos, lleva por bandera la inexistencia de la violencia machista.
Mi familia es extremeña, yo lo soy, pues en esa tierra están mis padres enterrados y, por tanto, mis raíces, y la política de esa comunidad autónoma, su deriva ideológica, ahora peligrosamente escorada a la ultraderecha, me importa tanto como en su momento le preocupó a mi madre, es decir, mucho. En los debates políticos que presencié durante mi niñez, a los que me asomaba con curiosidad, mi padre guardaba un silencio prudente. Era mi madre quien conducía la conversación y tenía la última palabra, un hecho que en este mundo de extremos enfrentados e irreconciliables puede resultar llamativo, ya que compartían vida, pero no ideas políticas: mi madre era de derechas, y mi padre, de izquierdas. Tampoco dijo nada, mi padre, cuando Carlos Floriano, entonces presidente de Nuevas Generaciones del PP de Extremadura, le ofreció a mi madre incorporarse al partido, una propuesta que ella rechazó. Según mi padre, que gustaba de rememorar en tono victorioso la visita de Floriano a nuestra casa, no se dejó embaucar por quienes buscaban aprovecharse de su talento y de su formación. No lo sé, no tuve oportunidad de hablarlo con ella. Pero sí tengo claro lo que mi madre les habría dicho a la señora Guardiola (usted no defiende el feminismo) y al PSOE de Extremadura (absténganse), y lo que les hubiera pedido a los dos (dejen de ser irresponsables). Y mi padre asentiría, cómplice.
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