Opinión | Shikamoo, construir en positivo
Retos, viralidad, aburrimiento y propósitos...
Les he contado más de una vez que un grupo de niños de once a trece años, en Oruro (Bolivia), me interpelaron hace años con una petición muy concreta. Deseaban estudiar, ir a la escuela y poder siquiera leer y escribir. Su razonamiento radicaba, de forma contundente, en que así podrían ayudar a sus familias a salir de la pobreza que les atenazaba. Tengo que decirles, además, que las manos de esos niños, destrozadas por el trabajo duro en una minería residual y casi de supervivencia, hablaban por sí solas. Alguno de trece años, padre de familia ya por mucho que nos pueda sorprender, tenía un aspecto que bien podría ser compatible con tener diez o doce años más, pero a sus manos se les podían echar otros treinta o cuarenta más de trabajo duro. Les prometo que aquello que vi era realmente impresionante.
Ciertamente, lo descrito en el primer párrafo es terrible. El trabajo infantil es un fracaso colectivo, se mire por donde se mire, aunque es verdad que las estadísticas han ido ofreciéndonos últimamente una progresiva mejora de muchos de los indicadores relacionados con esta lacra. Aún así, sigue existiendo y continúa lastrando las posibilidades de muchos niños y niñas de salir adelante, en diferentes escenarios en el mundo. Pero hoy no les propongo exactamente hablar de esa lacerante realidad, sino precisamente de otra muy distinta, de niños, niñas y jóvenes que van al colegio pero no saben a qué, absolutamente desmotivados y minados por lo que parece ser un aburrimiento existencial ciertamente incompatible con su edad. Un problema distinto, claro, pero al que conviene mirar con el referente de la enorme querencia por la educación que tienen muchos de los que, en la práctica, estná privados de ella.
La necesidad crea el hábito, y quien cree no tener necesidad de una educación, la desprecia. En cambio, quien ve en la mejora individual y colectiva un indispensable vehículo para salir adelante, la trata como a un tesoro. La pena es que, frecuentemente, estas últimas personas no recibirán jamás tal codiciado bien, que se traduce en poder ir a un colegio y prepararse para un futuro mejor. Algo que va indeleblemente ligado, por cierto, también a un crecimiento en tanto que capacidad de ejercer una buena ciudadanía, desde el respeto y desde valores inclusivos como la empatía y la solidaridad.
Es en el caldo de cultivo del aburrimiento donde surge todo tipo de problemas. Hace unos días lo hablaba con una familia cuyo hijo tiene importantes problemas relacionales y de actitud. Un chico que hace tiempo que abandonó la posibilidad siquiera de titular en la Educación Secundaria, pero que tampoco progresa en otras alternativas, más ocupacionales y básicas. Se aburre, y por tanto deja de lado lo que considera que no le interesa. «¿Para qué me sirven a mi los polinomios, si no voy a ser matemático?», es la pregunta clásica. Pues claro que sirven, siempre, porque es precisamente la resolución de ciertos problemas abstractos y conceptuales lo que nos ayuda en la conformación de nuestro razonamiento inductivo y deductivo, y a mejorar unas capacidades intelectuales innatas, pero que hay que entrenar.
Pero todo ello no vende hoy en el mundo acomodado y aburrido de muchos chicos y chicas, que en cambio abundan en retos virales y en todo aquello que les saque de un estado de letargo que, sinceramente, preocupa. ¿Dónde están las ganas de cambiar el mundo? ¿Dónde está el ansia de revolución? ¿Qué queda de las ideas románticas sobre el conocimiento, la ciencia, las artes, la literatura...? ¿De verdad que estamos ya de vuelta de todo? ¿Qué hemos hecho mal para que las generaciones futuras crean, muchas veces, que todo lo escrito, compuesto o enunciado hace más de quince o dieciséis años es, directamente, prescindible?
Hoy unos chavales me preguntaron qué me parecía el último reto viral, o ya el penúltimo, de tomar cada día un gramo de paracetamol no sé con qué pretexto... Les confieso que esta vez no contesté —otras muchas veces sí—, pero las miradas muchas veces lo dicen todo... Otros se plantean acciones realmente peligrosas, cuyos terribles resultados estamos viendo en los periódicos continuamente, y que no pueden producirnos más que tristeza. Y todo por entender el necesario ejercicio de vivir el momento como una urgencia de adrenalina que, además, hay que emitir en directo para ser popular. ¿De verdad es ese el legado del «Homo tecnologicus»...? Pues vaya desastre, ¿no?
El mejor antídoto para no caer en las adicciones o en la desmotivación total es tener un propósito. O varios. Ya puede ser la carpintería, la música, recorrer el mundo en busca de champiñones mediterráneos o amar los Polinomios de Legendre. Puede ser pasear y meditar, ir en barca, la calistenia o el patinaje. Cualquier cosa vale, desde el respeto a los demás, y también la mezcla de muchas de ellas sin pretender despuntar ni ser de los mejores o de los peores. Pero, por favor, a uno algo le tiene que gustar. Tiene que apasionarse por vivir y por compartir la realidad —que no la virtualidad— con los demás. Y es que, para intentar seguir vivo, es fundamental tener algún propósito... Y la viralidad, esa se la dejamos al covid-19 o al Crimea-Congo que, estén atentos ustedes, ya verán como va a ir complicando la cosa de la mano de la Hyalomma Marginata ya presente en nuestros pagos... Pero de eso hablamos otro día...
Disfruten de la vida... Y, para eso, hay que conocer, aunque sea un poco... ¿No?
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