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Opinión

‘Ineficiencia’ humana

La promesa de la IA es seductora. Puede acortar los días de rodaje y ampliar la escala visual de un proyecto con tecnología, lo que reduce drásticamente los costes de estructura y el presupuesto total

El audiovisual está siendo testigo de la proliferación de acuerdos entre productoras de toda la vida con compañías que desarrollan herramientas basadas en inteligencia artificial generativa. La mayoría lo hacen con una mezcla de curiosidad y preocupación. Este no es un sector que desconozca lo que es vivir en sus propias carnes una disrupción tecnológica. Internet ya hizo de las suyas hace 20 años. Entonces la innovación se topó con una industria que, tras la preocupación inicial, creyó que se podía luchar contra ella ignorándola y teniendo fe en que la experiencia tradicional sería capaz de retener al usuario. El tiempo demostró la magnitud de la equivocación. La comodidad acabó ganando a la calidad por goleada.

La actitud más amable ante la IA generativa es, en gran medida, la consecuencia de esa espina que se quedó clavada tras la revolución de las plataformas. Y ello a pesar de que el temor es mucho mayor. No se trata de una tecnología que, como Internet, promete simplificar el acceso al contenido. Hablamos de un cambio total en la cadena de valor del audiovisual que tendrá un impacto significativo en la fuerza de trabajo en cuyos hombros ha descansado la producción hasta ahora: los seres humanos.

Un ejemplo reciente lo ilustra a la perfección. Amazon MGM Studios (sí, Amazon es ahora el flamante propietario del león de la Metro) ha decidido crear una nueva división para evaluar de qué manera las distintas herramientas de IA generativa que existen en el mercado les pueden ayudar a abaratar costes y, en general, a ser más eficientes acortando los tiempos de producción. Ambas preocupaciones son legítimas. El coste de rodar una película o una serie se ha incrementado notablemente en los últimos años, de manera que todos aquellos proyectos que plantean una minuta muy elevada automáticamente se descartan. Acelerar el calendario de las producciones también es imperativo. Hacer esperar a un usuario por su serie favorita pone en peligro el engagement que tanto cuesta construir. Si la serie que nos gusta no está, otra acabará ocupando su sitio.

Abaratar y acelerar. Ser más eficientes en este contexto es, en realidad, una crítica velada a la ineficiencia del sistema de producción humano. Gran parte del encarecimiento de una producción se debe al equipo que necesitas contratar para que, por ejemplo, un rodaje se desarrolle sin incidentes o para que lo que se filmó delante de una pantalla verde se convierta en una batalla épica.

La promesa de la IA es seductora. Puede acortar los días de rodaje y ampliar la escala visual de un proyecto con tecnología, lo que reduce drásticamente los costes de estructura y, por extensión, el presupuesto total del proyecto. En la práctica (de nuevo, en teoría), podría hacer que una producción inviable por cuestiones presupuestarias según el esquema tradicional fuese viable reemplazando a unos cuantos humanos de la cadena de producción. Meter al enemigo en el corazón de un proyecto plantea un desplazamiento laboral evidente. Incluso argumentando que si salen adelante más proyectos gracias a la IA se está generando empleo, por otro se estaría destruyendo. Y no en aras de mejorar lo que hace un humano, sino de hacer más por menos.

Existen paralelismos inquietantes entre la revolución industrial y la revolución de la inteligencia artificial. La primera desplazó a artesanos especializados en un oficio, reemplazándolos por trabajadores menos cualificados operando máquinas. Algo parecido está ocurriendo con la IA, que amenaza a muchas profesiones creativas, como los expertos en VFX o los directores de localización. En ambos casos, la tecnología promete eficiencia y abundancia, al mismo tiempo que se concentra el poder económico (entonces en dueños de fábricas; ahora en empresas tecnológicas). Si esto cuaja, le daría a Amazon una ventaja competitiva que pocas compañías podrían igualar.

Es pronto para aventurar cómo saldrá el experimento de Amazon porque la tecnología no está lo suficientemente madura como para reemplazar por completo el trabajo humano. En cualquier caso, es ingenuo pensar que, si miramos hacia otro lado, nada cambiará. Lo hará. Por eso es tan importante que exista consenso y, sobre todo, que se tenga en cuenta a los profesionales de la industria en estas iniciativas que buscan redefinir las reglas de participación de la IA en el negocio. Puede que los humanos jamás seamos tan eficientes ni rentables como una máquina, pero ellas tampoco pueden aportar ni el oficio ni la chispa creativa que han seducido al espectador durante más de 130 años. Al menos, de momento. n

Elena Neira es profesora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC

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