Opinión
Ucrania, cuatro años después…
Buenos días. O no tan buenos, claro, depende de para quién. Y es que lo que nos llega desde diferentes partes del mundo no es, precisamente, demasiado alentador. En todos los sitios cuecen habas, ya lo sé, y mismo entre nosotros habrá en este mismo momento personas naciendo y otras dejándonos, en ese continuo ciclo de la vida que nos maravilla y que, a la vez, no deja de ser inquietante… Pero las condiciones de la existencia real de las personas en muchos lugares distan mucho de ser idílicas, o a veces son directamente aterradoras.
Escuchaba el otro día en un informativo que el frente del conflicto provocado por el actual gobierno ruso en Ucrania sigue siendo una auténtica «picadora de carne». ¡Qué horror! Y es que, por mucho que nos empeñemos en mirar para otra parte, van cuatro años ya de una campaña bélica que sus promotores aseguraban al comienzo que iba a durar únicamente tres días… Pero para promesas vacías, ya saben ustedes que el papel —y el micrófono— lo aguanta todo… ¿No había acaso también un tal Donald Trump que afirmaba que, si llegaba al poder, a la guerra en Ucrania le iban a quedar dos telediarios? Pues…
Sí, amigos y amigas. Cuatro años ya de guerra en las mismísimas puertas de Europa. Un conflicto que ha tensionado como pocos a la Unión Europea y, si no, fíjense ustedes en las manifestaciones y decisiones pasadas y presentes de dirigentes como el húngaro Viktor Orbán, que juega su propia guerra contra las instituciones europeas, y añadiría también que contra sus valores compartidos e irrenunciables, desde dentro de la Unión. Cuatro años de destrucción y barbarie, con una Rusia que controla ya el veinte por ciento del total del territorio ucraniano, y que aspira a mucho más.
El conflicto de Ucrania tiene su origen próximo, al margen de derivadas históricas más profundas y seguramente menos nítidas, en el ansia expansionista de Putin y sus correligionarios. O, lo que es lo mismo, en una suerte de guerra fría de nuevo cuño, donde las potencias buscan posicionarse en determinados enclaves antes de que lo haga el contrario. La misma historia de siempre, marcada por la geopolítica, pero que se está llevando por delante ilusiones, momentos y vidas de ciudadanas y ciudadanos como usted y como yo, que asisten sobrecogidos al fin de todo lo que les era cotidiano. Una verdadera pena, pero que no podemos achacar a lo telúrico o a lo cosmológico, sino a la reinvención postmoderna de la codicia. Recuerden que siempre, llegados a este punto, me alineo con el espíritu del economista Arcadi Oliveres para afirmar que las causas de las guerras son económicas, económicas y, a veces… económicas.
Todo el mundo sabe que detrás de la invasión rusa de Ucrania hay una clara lucha por recursos estratégicos como gas, petróleo y el control de lo que fue llamado un día «el granero de Europa». Pero si asumimos como inevitable e insoslayable que las relaciones entre los pueblos se articulen a través de la piratería y las querencias de cada cual, sin respetar un mínimo orden mundial, entonces el panorama será, cuando menos, sombrío. Y más aún cuando del otro lado, léase de los Estados Unidos, la actual tendencia parece ir por el mismo camino, después de la pantomima de Venezuela, el esperpento de Groenlandia u otros episodios parecidos, ¿no?
En fin, queridos y queridas… Que no podemos asistir a este aniversario sin hacerlo explícito, y sin darnos por enterados de que hay seres humanos que sufren y mueren cerca de nosotros por algo tan injusto como que otros atesoren los recursos y el territorio donde ellos viven… Algo que ha sido inherente a la historia de la Humanidad en tantas y tantas ocasiones, que sigue vigente hoy en Oriente Próximo, en Ucrania y en otros lugares del mapa pero que, en pleno siglo XXI, uno asume que debería ser ya de otra manera… Aunque no, la evidencia siga empeñándose en demostrarnos lo contrario...
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