Opinión
En defensa del feminismo
Me crie, como muchos de los nacidos a finales de los 70 y durante la primera mitad de los 80, en un hogar machista, en el que los hombres estaban eximidos, solo por ser varones, de las tareas de la casa, oficios, los llamaba mi abuela. Lo doméstico, siempre con una connotación despreciativa, también en la literatura, era cosa de las mujeres. Crecí en un matriarcado en el que, curiosamente, habían sido ellas quienes, con un espíritu y una fuerza admirables, en los peores momentos, históricos y personales, y sin cobrar una perra gorda, habían sacado a su familia adelante. No me extrañó, sin embargo, esa adjudicación, tan asumida como incuestionable, de los roles en el hogar, aunque mi madre trabajaba fuera, un concepto, el de trabajar fuera de casa, que nunca he escuchado asociado a ningún hombre, ni siquiera en la ficción, donde los personajes remedaban lo que sus creadores vivían. Tampoco me pareció raro que, tras perder a su hija, mi abuelo, de educación, ideología, muy conservadora —estuvo en la batalla del Ebro y perteneció a la Policía Armada—, pasara a desempeñar las tareas domésticas que mi abuela, abatida por la pena, dejó de hacer al enlutarse.
Sí me sorprendió, en cambio, que mi afición por los deportes, por verlos en la tele y por practicarlos, cosas que hacía con mi padre, salvo el Tour y los partidos de Roland Garros, en esos casos también tenía al lado a mi madre, fumando, nerviosa, alentando a Induráin o a Arantxa Sánchez Vicario, fuera mal vista, y malinterpretada, en mi entorno, el de una niña en la España rural de finales de los 80 y primeros 90. Pero lo asumí y, con un dolor que no sabía nombrar, seguí el camino que para mí había trazado la sociedad hasta que, con la muerte de mi madre, me hice adulta de pronto, a los 14 años. A partir de entonces, me aferré a una vida que tardé un tiempo en comprender que no era la que deseaba. Una vez logré reunir todas las piezas del complicado puzle que es la identidad, lo resolví y descubrí quién era, decidí cómo quería seguir viviendo. En ese momento, abracé el feminismo como principio y movimiento y empecé a manifestarme el 8 de marzo.
Por eso, por todo eso, me causan tanta tristeza algunos de los datos del Barómetro de Juventud y Género 2025, especialmente los referidos al feminismo: un 45,3% de los jóvenes creen que es una herramienta de manipulación política y adoctrinamiento; un 35,2% considera que busca enfrentar a mujeres contra hombres, y un 31,2% no lo ve necesario, porque ya existe la igualdad entre hombres y mujeres. Escalofríos me entran al leer que la mitad (un 50,8%) se muestra de acuerdo con la idea de que «los hombres están desprotegidos ante las denuncias falsas por violencia de género», y un 44,6% cree que «se ha perdido la presunción de inocencia para los hombres».
De ahí mi enfado, mi decepción, con los irresponsables políticos que han permitido que eso suceda, abonando el terreno a la ultraderecha, por la que se decantan el 30% de los menores de 35 años en nuestro país, según las últimas cifras. De nosotros, ciudadanos con derechos y deberes, depende que las conclusiones del próximo informe no sean aún peores. Tenemos dos años, no los desperdiciemos.
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