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Opinión | Nuestro mundo es el mundo

El rey y el golpe del 23F

El Gobierno ha desclasificado papeles del 23F, el rey ha publicado sus memorias —parciales, claro— y hace muy pocos días murió Gregorio Morán, el mejor biógrafo de Adolfo Suárez, la bestia negra de los golpistas.

Leí hace mucho Adolfo Suárez, historia de una ambición, de Gregorio Morán. Suárez aún era el poderoso presidente. Me impactó. Era brillante, documentado, muy crítico, nada panfletario. ¿Fue Suárez un gran oportunista —de secretario general del Movimiento a líder de la democracia— con una gran intuición? Le debemos —al menos en parte— el suicido de las Cortes franquistas que abrió la Transición.

Años después Antoni Batista me presentó a Gregorio.

Y no dudé en incorporarlo como columnista al diario que dirigía. Había que abrir ventanas. Gregorio me creó disgustos. Se había rebelado contra el PCE y le gustaba zaherir a los «santones», a derecha y a izquierda. Y sus Sabatinas Intempestivas (el nombre lo dice todo) tenían muchos lectores. Lo he seguido viendo alguna vez y hemos coincidido tanto como discrepado, pero era alguien al que había que escuchar.

Y su posterior biografía de Suárez —publicada cuando aún escribía en La Vanguardia— me hizo pensar que el 23F fue un golpe estúpido y truculento de unos militares reaccionarios que necesitaban un general ambicioso —Alfonso Armada, próximo al rey— que les pudiera dar «un manto de algo». Pero la ambición de Armada —ser presidente ungido por el rey y las Cortes— chocó con el primitivismo de Tejero y la voluntad real.

El gran objetivo —la marcha de Suárez— ya estaba logrado. Suárez dimite por sorpresa el 29 de enero de 1981, menos de un mes antes del golpe del 23F. Y da una pista sobre las causas: «No quiero que el sistema democrático de convivencia sea un paréntesis en la historia de España». Morán sitúa el origen de la dimisión en un almuerzo en la Zarzuela con el rey y tres tenientes generales el jueves 22, siete días antes.

¿Qué pasaba en enero del 81? Suárez siempre había tenido la enemiga de parte del Ejército, que no perdonaba la legalización del PCE. Y las fuerzas del orden estaban traumatizadas porque en 1980 ETA cometió más de 100 atentados. España estaba en crisis, la derecha —toda— clamaba contra un presidente «díscolo», la CEOE le culpabilizaba de las huelgas, parte de la UCD —los democristianos— se rebelaban contra quien juzgaban incapaz, Abril Martorell, vicepresidente económico, había tirado la toalla… Suárez estaba solo y el PSOE solo veía en él a un enemigo electoral. Quien había dirigido la Transición, y ganado dos elecciones generales, estaba perdiendo pie.

La mañana del 22 de enero Suárez fue a la Zarzuela a la toma de posesión de Antonio Truyol en el Tribunal Constitucional. Y sobre la marcha el rey le invitó a un almuerzo con tres tenientes generales: «Presidente, hay ruido y conviene que te escuchen». Juan Carlos y Suárez se sientan a la mesa con Jaime Milans del Bosch, capitán general de Valencia, González del Hierro, de Canarias, y Merry Gordon, de Sevilla. En un momento el rey se ausenta —un ujier le había pasado una nota— y está fuera unos quince minutos. Entonces los generales le culpabilizan del «gran caos». Debe marcharse, caso contrario… Suárez lo entiende. No le queda otra que dimitir. Y lo hace el jueves siguiente.

El rey puede pensar que todo se recompone. Suárez se va y Calvo Sotelo, un político más conservador, tomará las riendas. Luego… el orden constitucional. Pero Milans del Bosch quiere la involución y Armada busca ser presidente.

Y el rey dice no. Por eso —contra lo esperado— no recibe a Armada la tarde del 23F. Y el golpe se desmorona. Detrás solo había militares reaccionarios o ambiciosos y las protestas gritonas de la derecha más asilvestrada. Juan Carlos explica (memorias) que aquella noche habla con todos los capitanes generales y todos le respaldan contra el golpe, pero cree que la mitad habrían preferido otra cosa.

Morán aporta indicios, no pruebas. Pero su tesis explica bien la dimisión de Suárez y también el fracaso del golpe. El rey incluso indujo el golpe blando. Pero no quiso arriesgar un orden constitucional que había costado mucho consensuar. Él nombró a Suárez para acabar la dictadura y lo hizo dimitir para salvar una crisis insostenible. ¿Fue así?

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