Opinión | Shikamoo, construir en positivo
Mi teléfono y yo
Miré para el teléfono, que ahora de repente emitía pequeños y extraños fogonazos de luz. No había ninguna otra respuesta. La pantalla, visiblemente deteriorada tras cuatro años de encontronazos con el suelo a diferentes alturas, permaneció completamente negra después de haber apretado durante unos segundos el botón para el encendido y apagado rápido de la unidad. Por lo demás, el silencio. El sistema del vehículo afirmó más tarde, casi con solemnidad, no estar conectado a ningún dispositivo, y este también se mostraba totalmente ausente. No había conectividad… Pero seguía existiendo el mundo a mi alrededor...
Y, ¿saben? No pasó nada. No hubo ni un brote de nomofobia ni un agobio máximo. Simplemente, en ese momento yo había dejado de pertenecer a la nómina de los seres conectados. Bueno, es verdad que me preocupaba que quien me esperaba empezase a su vez a inquietarse por si me había pasado algo en la carretera. Pero paciencia, no había otra forma de comunicarse. Continuaría hasta el punto de destino y, una vez allí, confiaba en encontrarme con él. Y así fue. Menos mal...
Vivir hoy sin teléfono móvil es un reto complejo. Y es que antes no hubiera salido del punto de partida sin haber concretado la hora para vernos, sabedores de que no habría comunicación mientras no volviese a pisar un edificio o accedido a cualquier otra instalación con teléfono. Ahora no, y ya hemos adecuado irreversiblemente nuestro ritmo de vida a la posibilidad de conectarnos en cualquier momento, y revocar ese plan previamente acordado o modificarlo, o incluso construirlo en tiempo real. Además, son cada vez más los fabricantes de bienes y los proveedores de servicios que te ofrecen casi como única posibilidad de contacto o de gestión una aplicación específica, sin muchas más salidas. Es por eso que, aunque no soy de los que pagan con el móvil, utilizan aplicaciones para enviar pequeñas cantidades de dinero a particulares o siquiera acceden a la cuenta de su banco con tal dispositivo, son muchas las posibilidades que quedan cercenadas si uno ya no tiene un terminal. El coche se conecta con el móvil, la alarma también, el reloj está ligado a tal dispositivo y hasta para reservar cita para Pilates o para ir al gimnasio o a nadar hay que o bien entrar con una aplicación del teléfono en la instalación o hacer una gestión previa con el dispositivo. Repito, vivir sin teléfono móvil es un reto complejo, aunque uno se haya quedado solamente en el cinco por ciento de lo que otras personas le piden a tal aparato.
Es por todo eso que miro ahora a mi móvil muerto y me pregunto ante él por qué seguimos llamándole teléfono, si en realidad es mucho más potente que alguno de los ordenadores que utilizo habitualmente, y tiene muchísimas prestaciones más allá de la comunicación por voz a distancia, que es aquello que se correspondería en rigor con el significado de «teléfono». Este artefacto es en realidad mucho más que eso, una poderosa herramienta que nos brinda muchos instrumentos muy útiles en el día a día, pero también algo que nos puede dar muchos quebraderos de cabeza… Sí, por el móvil se van dibujando muchos comportamientos adictivos en torno al juego, imagino que ante la alegría de una poderosa industria de tal sector, se articulan complejos episodios de acoso de consecuencias a veces luctuosas y hasta las personas se exponen a los bulos y las falacias de altos vuelos que a veces incluso atentan contra valores ligados a los derechos humanos o a la buena salud de la democracia...
Pero, como en todo en la vida, no es que los objetos sean en sí buenos o malos, sino que depende del uso que a ellos se les dé. Si uno, por vivir en el universo que le brinda su teléfono, renuncia a la vida real aunque sea sin darse cuenta, el precio es demasiado alto a cambio de la virtualidad, ¿no les parece? Pero si en cambio es la persona quien mantiene en todo momento el control, y la existencia de esas aplicaciones y desarrollos le aportan a la misma diferentes posibilidades en vez de problemas, entonces seguramente el balance sea positivo, ¿no?
En fin… Por lo de pronto este teléfono se queda aquí, a mi lado, apagado y seguramente inservible. Ya habrá tiempo para otro, sencillo, fiable y sin florituras… Pero prometo no salir corriendo a buscarlo..., al menos en lo que queda de mes...
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