Opinión
Sobrevivir al espanto
En una de las muchas entrevistas que Gisèle Pelicot ha concedido durante estas últimas semanas, previas a la publicación de su libro Un himno a la vida: mi historia (Editorial Lumen) —en la que Daniel Verdú le hizo para El País, concretamente— habla, ya hacia el final de la conversación, de «un experimento» reciente de un programa de televisión, es de suponer que de alguna cadena francesa. No concreta mucho más. Cuenta que el equipo de redacción puso un anuncio ficticio, similar al que su exmarido subió a internet ofreciéndola a sus violadores. En este «experimento» televisivo utilizaron la foto de una mujer generada con inteligencia artificial y en el texto su supuesto esposo animaba a los potenciales clientes a acudir a su domicilio y violar a su pareja dormida, especificando su edad: 50 años. Lo mismo que Dominique Pelicot hacía con ella. Cuenta también que en 48 horas respondieron al anuncio 30 hombres, el más joven de 26 años. Nadie escarmienta en cabeza ajena.
Todos esos sujetos, y otros muchos que andan por el mundo, no asimilaron nada de lo mucho que podrían haber aprendido del caso Pelicot, ni se espantaron por la aberración perpetrada ni se compadecieron de la víctima. Es pavoroso imaginarlos caminando entre nosotras, como hacían los agresores de Gisèle Pelicot: buenos vecinos, simpáticos y afables.
Durante casi una década, entre 2011 y 2020, Gisèle Pelicot fue violada por 51 hombres, la inmensa mayoría tenía mujeres e hijos, familias y empleos convencionales. Uno trabajaba como bombero voluntario, otro era enfermero, había camioneros, obreros de la construcción, empleados del sector servicios, técnicos industriales, operarios de fábrica, un vigilante de seguridad, un respetable funcionario municipal, comerciales, trabajadores autónomos, también jubilados y desempleados, estos con más tiempo libre para cometer sus fechorías. Tipos corrientes.
¿Dónde se esconde el monstruo? ¿Por qué resquicio de la vida cotidiana llega hasta nosotras? ¿No es terrorífico imaginar a un esposo cariñoso despidiéndose con un beso de su hija pequeña a la puerta del colegio y encaminándose a continuación a una casa ajena, quizás no muy lejos del hogar familiar, para violar a una vecina inconsciente? ¿Cómo se evita ese espanto? ¿Y cómo se sobrevive a él?
En octubre de 2024, ante el juez, Gisèle Pelicot declaraba: «Soy una mujer totalmente destruida y no sé cómo voy a volver a ponerme en pie». En febrero de 2026 reivindica su derecho a ser feliz. Se diría que ha recuperado la capacidad de confiar y disfrutar de la vida. Ella vuelve a ver la luz; sus torturadores, muy probablemente, continúan sumidos en la inmensa oscuridad de sus almas.
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