Opinión | Shikamoo, construir en positivo
Legitimidad y conflicto
Son tiempos difíciles, queridos y queridas. Pero no solamente por los acontecimientos que tienen lugar a nuestro alrededor, lejos y cerca a la vez, y sobre los que no es preciso que les cuente los detalles. Lo son también porque la sociedad ha ido experimentando una transición en los últimos años que le hace más permeable a los mensajes simples. Algo que se da de bruces con la realidad, que suele ser compleja y que necesita para su interpretación muchos matices y diferentes enfoques complementarios. Pero no, hoy hay personas que dicen hablar siempre desde la absoluta certeza, lo cual no deja de ser siempre un signo bastante claro de que no se sabe muy bien lo que se dice…
Miren, el actual conflicto global que está en las portadas de todos los periódicos puede gustarnos más o menos, y así lo podemos expresar, pero lo cierto y palmario es que las acciones de los atacantes no vienen en modo alguno respaldadas por una legitimidad contrastada y fuera de toda duda. Sucedió también en Venezuela, y también ahora en este explosivo episodio en el que se extiende la violencia y se amalgaman diferentes escenarios ya antes muy tensos. No hay esa legitimidad, no, y eso entiendo que debería marcar mucho el posicionamiento de todos nosotros ante los acontecimientos. Y esto fundamentalmente porque, si no es así, entonces estaría servida la ley de la selva, la jungla… Sería aceptado que cada uno, si tiene la fuerza suficiente, haga lo que le venga en gana. A veces con argumentos más o menos maquillados para no caer del todo mal y otras, directamente, «porque yo lo valgo»…
Que el régimen totalitario iraní es terrorífico desde todos los puntos de vista no creo que sea negado por nadie. Pero cualquier ataque al mismo no tiene justificación posible al margen del multilateralismo y del orden establecido. Las operaciones que hoy se desarrollan en el territorio de ese país, con nombres pueriles y toda suerte de elementos para ganar la batalla en las redes sociales, no responden a ninguna lógica que pueda estar orientada a promover los valores democráticos o a defenestrar a quien deturpa el poder lacerando los derechos humanos. Antes bien, este tipo de acciones suelen enquistar problemas, avivar conflictos y, literalmente, dejar como unos zorros territorios que antes, aún a pesar de regímenes dictatoriales y altamente lesivos para las libertades, presentaban mejores índices de desarrollo desde múltiples puntos de vista.
¿Se acuerda alguien ahora de cómo está Afganistán a día de hoy? ¿Hablamos de Iraq? ¿Qué saben ustedes de la Libia de Gadafi? Todos los escenarios en los que se intrigó, actuó e incluso luchó para atacar a regímenes incómodos para Occidente, están aún peor ahora. Y dicen los analistas que del conjunto de operaciones llevadas a cabo en la Historia por potencias extranjeras para «liberar» a pueblos, solamente tres terminaron bien, en el sentido de conducir a tal nación a mayores dosis de estabilidad y, a medio plazo, a la adopción de una praxis democrática estable, creíble y duradera. Todo lo demás que se hizo de esta guisa no resultó sino en destruir aún más una frágil sociedad sobre la que se cebó la desgracia, con resultados verdaderamente terribles en términos de sufrimiento humano. Y tomen nota, además, de otras situaciones que desmontan la lógica del esgrimido apoyo a pueblos oprimidos… Por un lado situaciones extremas que, sin valor económico o estratégico, no merecen la atención de nadie, y por otro verdaderos sátrapas a los que, por proporcionar pingües beneficios con sus negocios, se les ríen las gracias y mismo se les pone a organizar cualquier competición deportiva a nivel mundial...
Estoy escuchando de todo estos días. Mensajes cortos y poco elaborados, que abogan por épicas propias de los videojuegos o de ficciones que rayan en lo indescriptible. Pero lo grave es que muchos de esos discursos, a veces de la boca de políticos o periodistas de primer nivel, aspiran a sentar cátedra, demonizando a todo aquel que no se ponga de perfil o aún más al que se atreva a cuestionar la legitimidad de lo que está pasando. Y aún más, claro está, a un Gobierno de la nación que creo que ha sido meridianamente claro en explicar que solamente desde la multilateralidad se puede ganar dicha legitimidad para condenar a Irán, e incluso para atacarle. Sinceramente, creo que en eso tienen razón Sánchez o Albares, por mucho que se les critique o parodie. ¿Preferirían ustedes que, con acento tejano, se alineasen cien por cien con todo lo que se diga, solamente porque así nos irá mejor en términos económicos y geoestratégicos? Bueno, lo cierto es que cada uno tiene sus valores, y aún prefiriendo diez mil millones de veces el modo de vida estadounidense que el iraní, muchos somos también los que pensamos que no todo vale…
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