Opinión
Luis P. Ferreiro
Mantente dorado, Ponyboy
Brett Anderson presume de eterna juventud en A Coruña con un recital que maridó el presente y el pasado de Suede

Concierto de Suede en A Coruña. / LOC
El 30 de junio de 2001, los Roxy Music de Bryan Ferry actuaron en el Multiusos Fontes do Sar de Santiago de Compostela. El primer LP de la legendaria banda salió en 1972, por lo tanto habían pasado 29 años entre su debut discográfico y ese recital, que el que esto escribe aún se maldice por no haber acudido. Mi yo de 19 añitos pensaba que, seguramente, estarían muy viejos y no me apetecía ver la decadencia de una panda de dandys otoñales. El pasado martes, los también británicos Suede tocaron en la sala Pelícano de A Coruña. Su primer LP es de hace 33 años.
Ya ven por donde voy, ¿verdad? En los noventa y principios de los 2000 todos veíamos a la mayoría de los rockeros de los sesenta y los setenta como fósiles en el peor de los casos y como aburridas vacas sagradas en el mejor. Y ni se nos pasaba por la cabeza que llegaríamos a un punto en el que alguien pudiese percibir a nuestros jóvenes ídolos de entonces como nosotros veíamos a... yo que sé, a Sting, Rod Stewart o a Eric Burdon con el pelo reteñido de negro. Volviendo a ese lejano bolo compostelano al que decidí no ir, Ferry tenía 56 años y, según las crónicas, se comportó en escena como un señor de su edad. Brett Anderson, vocalista de Suede, cuenta con 58 primaveras y su desarrollo sobre las tablas el martes fue el de un pimpollo en su veintena. Y su aspecto, el de un pimpollo en su treintena, con su pelazo, su camisa blanca y unos pitillos demasiado apretados incluso para los cánones brettandersonianos.
Esto no es ni bueno ni malo. Cada uno asume su edad como puede. Yo me limito a constatar un cambio de paradigma que parece obligar a todo el mundo a quedarse anclado en la juventud para siempre jamás. Toda esta introducción, en lo que se supone que es una crónica musical, viene a que el tema de conversación generalizado entre el público que atestó el concierto de Suede no fue el repertorio, ni el sonido, sino el increíble estado físico del cantante. A ver, siempre fue muy guapo. Demasiado guapo. Pero guapo a nivel Alain Delon, como exclamó la asombrada madre de un amigo al cruzarse con él en un hotel. Pero que siga guapo, delgadísimo, brincante y atlético con casi 60 años es ya desconcertante. O no tanto, porque la sensación que esta anomalía provocó el respetable fue más bien de alivio.
No voy a caer en el tópico de escritorzuelo cultureta de provincias (cosa que posiblemente soy) de citar El retrato de Dorian Gray y sugerir una explicación mefistotélica a esta conservación. Aunque lo que si parecía algo sobrenatural era la sensación de paz y consuelo que emanaba el talludito publico del show al comprobar que Brett sigue guapísimo y desbordante. Que el tiempo, que a todos nos pasa por encima como un bulldozer, no pudo marchitar aún su invencible gallardía ni su desbordante energía. Como si, en este mundo cambiante e inestable, la apostura del cantante fuese una de las pocas certezas inamovibles que nos quedan. Como si su simple existencia nos trajese a todos a la memoria la juventud que ya perdimos y la belleza que nunca tuvimos.
Pero ojo, que no hablamos de un caso de pretty privilege porque sí. El tío se lo curra. Durante la hora y pico que duró el espectáculo, Anderson y los suyos no pararon quietos. Casi ni saludaron. Salieron en tromba, combinando con contundencia clásicos con temas de sus dos últimos discos, Autofiction y Antidepressants. Aunque, por supuesto, las piezas más celebradas fueron las de Coming Up (1996), dejando claras las connotaciones nostálgicas de todo este asunto. Una nostalgia eufórica, es cierto, dado el alto nivel de entusiasmo con el que el respetable recibió la entrega de los músicos. Pese a que Suede intentan huir de ser una banda centrada en glorias pretéritas, editando álbumes robustos y defendiéndolos con uñas y dientes, la verdad es que ese pasado corre más rápido que ellos y la mayoría de su público ya estaba ahí en los noventa y lo que quiere es corear Animal Nitrate, So Young, Trash y Beautiful Ones. Y comprobar que Brett sigue pareciendo el mismo Brett que los enamoró hace más de tres décadas, aunque, como es natural, ya no lo es.
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