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Opinión

Carlos Miranda

Carlos Miranda

Responsable de área de Deportes

El Deportivo, entre la pegada, la forma del traje y Riazor

Deportivo - Zaragoza

Deportivo - Zaragoza / Iago Lopez

El Deportivo encara la recta final de esta loca Segunda División y pelea por ascender, pero aún se anda buscando como equipo. Así es la vida, así es su realidad que, en más de una ocasión, ha levantado algún pito desde la grada. Anoche quedó enterrado cualquier sonido de viento, quedó declarado el estado de felicidad. Esa algarabía no quita que la grada sepa que el equipo lleva semanas y semanas, sobre todo en Riazor, en las que da la sensación de que todo le tira, de que las costuras de ese traje que delinea el sastre Hidalgo no terminan de sentarle bien. Se revuelve y se revuelve y nada. Y eso que durante la primera parte se le vio flotar, moverse con una facilidad que no se recordaba en A Coruña, su condena esta temporada, a pesar del cariño que encuentra, de todos los recibimientos que le puedan hacer.

Tenía superioridad por dentro, encontraba con soltura a Luismi y a Stoichkov, mandaba con la pelota un futbolista estratégico como Mario Soriano, mientras Ximo Navarro y Altimira jugaban con una velocidad y versatilidad imposibles para la cobertura maña. El equipo hasta lograba recuperar pronto tras pérdida. Inimaginable desde hace meses. Lo más redondo que recordaba la grada en mucho tiempo y, en ese contexto, se entendió el gol del Zaragoza. Fue un accidente y el equipo se ganó el derecho a que confiasen en él. Llegó el primero de los coruñeses, casi el segundo. Parecía cuestión de tiempo el triunfo, pero de entrada no fue así. Porque el rival también juega, porque como equipo no deja de ser un material inestable. Sí, es segundo y se le caen los puntos de bolsillo, pero le falta regularidad, el sello de esos equipos arrolladores, que confían en todo lo que hacen. Fútbol y hechuras más que empuje.

Pero es que el fútbol son más variables y el Dépor, más allá de que sigue trabajando ese patrón de equipo que se le resiste, es un grupo que ha demostrado que no desfallece, que los últimos minutos empiezan a ser su territorio, que tiene un convencimiento interior de hacia dónde va por encima de lo que haga con una pelota en los pies. En Zubieta fue Mario Soriano, en Ceuta Altimira y anoche le tocó a Mulattieri, quien casi calcó su jugada de Almería para probar sonómetros en la ciudad y la resistencia del hormigón de las gradas de Riazor. A Coruña y el deportivismo quieren creer y el equipo también. Sigue en el camino, que no es poco.

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