Opinión

Responsable de área de Deportes
Por los tiempos oscuros del Liceo que fueron hace nada

Calafell - Liceo / David Valiente
Los focos alumbran hoy a Liceo, pero hace nada costaba encontrar la luz. Dava y César se quedaban por el escudo, iba a la guerra del mercado con un tirachinas y apretaba los dientes para rearmarse, mientras miraba a los jóvenes que tenía a su lado, Bruno Saavedra y Jacobo Copa, para ir poniendo suelo y escalones a las glorias futuras. Y ya han llegado, y las que vendrán. Algo se notaba en la atmósfera en el primer día de esta pretemporada y el tiempo solo ha podido confirmarlo. La vida es cíclica y el Liceo no escapa a esa dinámica, aunque ese supuesto determinismo no le quita ni un ápice de mérito a toda la magia que surge y se genera en el Palacio. Hay mucho trabajo detrás. Los que visten de verde y blanco han entrado en un ciclo victorioso y, aunque ya tengan a los tiburones en la playa, toca disfrutar. Ya se saben, además, todos los caminos, los de los títulos y los de la reconstrucción. Esta vez no hay miedo al futuro. Le queda mucha vida al Liceo, con una salud muy diferente a la de hace dos o tres años. El mejor club de hockey del mundo, como dijo el director deportivo Antón Boedo, en su última rueda de prensa, en la que desgranaba la planificación y confirmaba la marcha de César Carballeira.
Se irá César, con dolor y aunque sea una decisión personal. Se marchará con al menos un título. También Nil Cervera, Martín Rodríguez y Tombita. Unas bajas más dolorosas que otras. Como dijo hace semanas Juan Copa en LA OPINIÓN de este club también se fueron en su día «Martinazzo y Jordi Bargallò» y todo volvió a su cauce. Ese es el mérito. Construir un Liceo por encima de las dificultades, de las animadversiones y de los nombres, aunque sean inevitables.
Y es que los títulos siempre llevan apellidos. Es imposible no reparar en Bruno Saavedra, ese niño lleno de talento y de revoluciones, que a veces no decide del todo bien, pero al que pocos se le comparan a sus 20 años. No queda muy lejos aquella lesión de escafoides y ese primer año en blanco y a la sombra, esos titubeos en su progresión que desesperaban a más de uno. Es especial, único. Su renovación ya era estratégica, ahora adquiere otra dimensión, en el medio de la pujanza portuguesa y las debilidades culés. Y, por encima de todo, Juan Copa que es el puerto refugio del Liceo en el medio de las tempestades. Siempre está ahí, para no desviarse, para no temer.
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