Opinión
Josep M. Lozano
¿Cuál era la pregunta?
Si queremos activar el deseo de cualquier cosa la manera más rápida de lograrlo es prohibirla; y que la mera prohibición no la elimina, sino que la aboca a la clandestinidad
Pedro Sánchez es un prestidigitador que, cuando se le acaban los conejos de la chistera, cambia de chistera. De la nueva chistera acaba de sacar la propuesta de prohibir el acceso a plataformas digitales a menores de 16 años. Dejo a un lado el debate sobre la viabilidad técnica de la propuesta, y ya afirmo de entrada que es algo que hay que plantear de una forma u otra porque lo que está en juego es el reconocimiento y la protección de los derechos digitales, donde todavía estamos en pañales. Pero si dejamos al margen el oportunismo del personaje, no deja de dar mala espina la tendencia de una cierta izquierda de querer hacernos moralmente mejores a base de prohibiciones legales, con el añadido de los grupos religiosos de todo tipo que quieren resolver los conflictos de la vida apelando a la bondad intrínseca de un conjunto de valores abstractos que deslumbran en su supuesta universalidad. Quienes proclaman unos principios de los que siempre ignoran los finales suelen ser los mismos que escriben entusiastas artículos contra la economía de la atención en publicaciones que se cierran con indicaciones de cómo seguirlos en las redes sociales, y que los comparten en Twitter. ¡Si incluso los mismos políticos que dicen querer combatir las redes sociales ya hace tiempo que han abierto una cuenta en TikTok! ¿O ahora quieren prohibirlas porque su éxito allí es perfectamente descriptible?
Es sabido que si queremos activar el deseo de cualquier cosa la manera más rápida de lograrlo es prohibirla; y que la mera prohibición no la elimina, sino que la aboca a la clandestinidad. No cabe duda de que las redes sociales ganan dinero explotando las vulnerabilidades de mucha gente (jóvenes o no, por cierto) y que esto parece razón suficiente para regularlas. Pero las inseguridades, el acoso, la necesidad de pertenencia y autoestima, las depresiones o las pulsiones agresivas y las exhibicionistas están ahí, y no las eliminaremos simplemente prohibiendo que circulen por las redes sociales. Es verdad que algunas de estas redes están diseñadas para generar adicciones como el tabaco y otras drogas. Con la no despreciable diferencia, sin embargo, que de estas últimas te puedes plantear la abstinencia y dejar de consumirlas, y del mundo digital no podemos prescindir, a menos que quieras detenerlo todo: los que denostan el acceso a la digitalización que intenten imaginar su vida actual al margen de ella. La comparación es muy torpe, pero ya que se insiste tanto en que vivimos un cambio de época como el que representó la revolución industrial convendrán que una cosa es regular a partir de qué edad se puede conducir un coche y otra decir que hasta los 16 años no se puede subir a un coche, y que hasta esa edad hay que viajar en tartana. Aprendemos a ir por la calle y establecemos normas de circulación —revisables y mejorables— y hemos ido cambiando la manera de usar los coches, pero no pretendemos eliminarlos (salvo algunas patologías, que ahora no vienen a cuento).
Más aún: esta manía de convertir los problemas sociales (implantar, regular y proteger los derechos digitales, y hacer frente eficazmente a la manera en que las grandes tecnológicas explotan la vulnerabilidad humana) en problemas personales (esto está prohibido, y ya lo supervisarán padres y maestros) paradójicamente acabará perjudicando a los más pobres, que son de quienes hay evidencia que no son nativos digitales, como se suele decir, sino huérfanos digitales, sin apoyo ni acompañamiento. De hecho, hay estudios que sostienen que el rendimiento escolar es superior con un uso adecuado de la digitalización más que con su mera abstinencia. Cristianismo y Justicia acaba de publicar un texto defendiendo que necesitamos saber desconectar. Esto es un aprendizaje necesario, imprescindible, y una necesidad que hemos de reconocer y practicar, sin duda. Pero desconectar nunca puede ser una alternativa. Necesitamos soportes jurídicos, pero aparte de los soportes jurídicos necesitamos una alfabetización digital para niños, jóvenes… ¡ep! y adultos; necesitamos no limitarnos a tomar decisiones sobre los jóvenes, sino tomarlas con ellos; y necesitamos promover entornos presenciales y no sólo prohibir los digitales.
Porque, por cierto, si prohibir es la única respuesta, ¿cuál era la pregunta?
Suscríbete para seguir leyendo
- Helton Leite: 'El Deportivo me dijo que no podía competir con lo que me ofrecían: mi familia, mi país, financieramente
- El Último de la Fila no actuará en el estadio de Riazor al interferir con el posible ‘play off’ de ascenso del Dépor
- A Coruña se estrena como Capital Española del Ocio Nocturno: 'La copa se está quedando corta
- Las hermanas que hacen una de las mejores tortillas de A Coruña en Agra do Orzán: 'El secreto está en cómo pochas la patata
- La batalla por el lobo da un salto en Galicia: ecologistas llevan al TSXG la desprotección del animal y piden que la ley llegue al Constitucional
- El histórico estanco de A Coruña que sobrevive desde hace más de un siglo: 'Por aquí pasaban hasta 500 personas al día
- Jevaso, proveedora de Inditex y Mango, reduce plantilla y refuerza su equipo directivo
- Los bomberos de A Coruña rescatan del mar a un hombre junto a la Torre de Hércules