Opinión
El auge de las mascotas
La guerra de Irán causó una estampida general de expats y nómadas digitales de los países del Golfo Pérsico, un paraíso que había apostado por convertirse en un destino cómodo y seguro internacional. En el fragor de la guerra, una noticia pasó más desapercibida: muchos de estos viajeros y residentes que abandonaron precipitadamente el área comprometida por el conflicto armado dejaron atrás sus mascotas. En Emiratos, Dubái y recientemente en el Líbano, se han tenido que activar las protectoras de animales y veterinarios para dar atención a las mascotas desasistidas, ya que algunos países de tránsito de sus dueños no permiten el paso de animales.
El rol de las mascotas en la vida ha ido ganando enteros en las últimas décadas, con la pandemia como punto de inflexión. Han pasado ya seis años de aquellos momentos en que tener un perro te daba una excepcionalidad para salvar el riguroso confinamiento que se impuso en España, por ejemplo, y la ley del bienestar animal ha dado pasos de gigante en nuestra sociedad, a la vez que gatos y perros se integraban en las familias casi como uno más.
Los números que mueven en la economía también se han disparado, y tanto piensos como cuidados veterinarios o accesorios suponen un creciente gasto para sus dueños a la vez que dinamizan un ecosistema empresarial y de servicios que solo puede expandirse. Seguros médicos, tratamientos específicos y ocio, con el turismo con mascota como la última tendencia en crecimiento en apartamentos y hoteles que siguen el camino que abrieron las casas rurales pet-friendly.
Incluso los fotógrafos de mascotas han puesto de moda de nuevo aquel negocio de las instantáneas familiares que se hacían para recordar momentos especiales, el boom del fenómeno ha llevado a crear un star-system de fotógrafos del sector, con eventos que se anuncian en redes sociales como una atracción.
Viajar con la mascota es cada vez más habitual, y ante los imponderables crecen los servicios de cuidado a domicilio o residencias temporales. El reconocimiento del bienestar animal se ha extendido a las personas sin hogar que acuden a albergues, y al permiso ya vigente de que acudan con perros se ha sumado ya el primer caso de un sintecho que consigue la acogida de su gato en un centro en Barcelona.
Vuelvo a pensar en el abandono masivo de mascotas en los países del Golfo. La excepcionalidad de lo sucedido no previó mecanismos para flexibilizar las normas aeroportuarias y de aduanas de cara a perros y gatos viajeros, y solo Francia rebajó sus requisitos para hacer frente a la emergencia animal. Si como sociedad hemos elevado el rango de protección de las mascotas, debemos extenderlo al máximo de eventualidades, pero las grietas de esta convivencia con perros y gatos están más expuestas que nunca: ante una crisis económica, los recortes del gasto doméstico pueden llegar por atenciones necesarias para el perro y el gato que tanto se ha integrado en nuestras vidas.
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