Opinión
Palabrotas de guerra
Palabrero y grafómano incontinente, el emperador Donald Trump conminó el otro día a los iraníes a abrir «el puto Estrecho» de Ormuz si esos «locos cabrones» no querían que los mandase al infierno de la Edad de Piedra. Pura lírica.
No es que los tacos se le escapasen en uno de sus constantes arrebatos de ira. Por el contrario, escribió esas malsonantes amenazas pausadamente y en su propia red social, bautizada con el asombroso nombre de «Truth» (Verdad).
Es difícil imaginar a cualquier presidente del mundo civilizado —e incluso del otro— escribiendo tales procacidades urbi et orbi. Pruebe el amable lector a poner palabras parecidas en boca de cualquier líder europeo, por ejemplo, y fácilmente verá que la cosa chirría.
No ocurre lo mismo en el caso de Trump, que ha roto con todas las convenciones del lenguaje diplomático. Algunos de sus predecesores, como Johnson o Nixon, usaban también la crudeza en el verbo, pero lo hacían en la intimidad y se cuidaban muy mucho de recurrir a ese lenguaje empedrado de palabrotas en público; y menos aún ante un micrófono.
Esto ocurre porque el emperador al mando no parece ser hombre de muchas lecturas. De lo contrario, tal vez habría atendido a la sutil ironía de Thomas de Quincey, que teorizó sobre la degeneración de las costumbres en su tratado: «Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes».
Empieza uno por permitirse un asesinato; después deja de darle importancia al robo (de petróleo, por ejemplo), a continuación, insulta a sus vecinos y finalmente acaba por decir palabrotas, venía a decir De Quincey en su libro. Con otras palabras, claro está; pero el concepto es el mismo.
Es lo que le está pasando a Trump en su proceso de degeneración a la inversa. Mal parece que desatase sin motivo una guerra, que es la forma clásica de legalizar el homicidio; pero aún resulta más desagradable, desde el punto de vista estético, su normalización del lenguaje soez. Cuando uno pierde los modales —si alguna vez los tuvo—, ya nada le impide desatar catástrofes mayores.
Sus críticos dicen que Trump es grosero a conciencia y no por error. Su odio a las convenciones de lo políticamente correcto, que es cosa de nenazas, le llevaría a actuar como un gañán de los que se precian de llamar al pan, pan; y al hideputa, hideputa. No es de extrañar que prometa acabar con una civilización —como la persa— en una sola noche, o de arrasar un
país hasta retrotraerlo a la Edad de Piedra.
Queda la esperanza de que esas sean solo unas de las tantas bravatas en las que suele incurrir, víctima de su irrefrenable verborrea.
Decía Mark Twain que es mejor estar callado y parecer tonto que abrir la boca y despejar las dudas definitivamente. Para desgracia del mundo en general, Trump no parece atender al sabio consejo de su compatriota.
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