Opinión | Los lectores tienen la palabra: Pedro Feal
La guerra debe acabar
La actual guerra de Irán se desencadenó a partir de una operación fallida: el intento de cambiar el régimen en el país persa por medio de la aniquilación de su cúpula dirigente en una acción bélica por sorpresa. Parece que Donald Trump suponía que la muerte del dirigente supremo, el ayatolá Alí Jamenei, y de sus más próximos colaboradores llevaría a una rápida transformación del gobierno iraní, alentada por las manifestaciones multitudinarias que se venían sucediendo desde hacía semanas y que se habían saldado con miles de víctimas entre los opositores. Sin duda, el éxito alcanzado en Venezuela en enero animó al presidente norteamericano a emprender una nueva aventura en Oriente Medio sin meditar suficientemente sobre la diferencia entre un caso y otro. Ignoró la compleja estructura de la organización de la Revolución Islámica, que a pesar de su carácter piramidal, ha demostrado la suficiente autonomía de sus mandos secundarios para actuar en ausencia del líder espiritual, como ha ocurrido ante el ataque conjunto de Israel y Estados Unidos. Tampoco valoró suficientemente la capacidad de contraataque de Irán, dotada de misiles balísticos y de una gran industria de drones bélicos, así como de la potencialidad de perjudicar gravemente al tráfico de petróleo y, por tanto, a la economía occidental. Además, el ataque cometió el error —y el horror— de incluir ya en su primera fase la destrucción de una escuela de Primaria próxima a uno de los objetivos militares, lo que a la estupefacción sumó en el ámbito internacional un hondo sentimiento de rechazo.
El resultado es que el régimen iraní no se ha hundido como se esperaba, sino que se ha radicalizado aún más, impidiendo bajo la ley marcial cualquier asomo de protesta u oposición; ahora es como un animal herido, aún más peligroso y violento que antes. Por si fuera poco, la guerra se ceba también con los disidentes del régimen, que son víctimas de la destrucción y de la penuria que las acciones bélicas producen en su territorio, además de la represión que ya sufrían.
En estas condiciones, tratar de acabar con la República Islámica por medio de una acción armada externa obligaría a realizar una invasión terrestre que conllevaría necesariamente la pérdida de múltiples vidas humanas con un resultado incierto. En la mente de todos permanece aún la huella del fracaso norteamericano en Vietnam y del deshonroso repliegue llevado a cabo hace pocos años en Afganistán. Aparte, una guerra larga sería desastrosa para la economía, elevando el precio del petróleo y aumentando la inflación, y podría conducir a una nueva recesión mundial. Esto Trump sí lo sabe y valora, lo que unido a su propio descenso de popularidad, explica sus vacilaciones y cambios de opinión sobre el futuro de esta guerra.
Lo lógico, pues, además de lo humano, es poner fin a las hostilidades y abrir un verdadero proceso de negociación en el que se llegue, no solo a garantizar el suministro mundial de petróleo, sino también un mínimo respeto a los derechos fundamentales de las personas tanto en Irán como en todo el entorno de Oriente Próximo.
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