Opinión | Parece una tontería
¿Pero esto qué es?
¿Algo de lo que pasa últimamente es normal? Lo que ha pasado esta semana, o lo que pasó la otra, o el mes anterior, o el año pasado, o lo que va a suceder mañana, o dentro de cinco meses, ¿es normal? ¿Pasan cosas normales todavía? Queda la duda en el aire, o en el suelo. Es una duda, de hecho, normal, a saber si lo único que podemos aceptar realmente como normal. ¿Qué se considera normal hoy? Cada hora nos quedan menos cosas convencionales a las que aferrarnos, ante las que darnos la vuelta y decirnos a nosotros, medio aliviados, «Hostias, esto sí que es normal».
La normalidad quedó liquidada, como se liquida una compañía, una relación, una fiesta de aniversario, un automóvil recién estrellado en una curva. Uno de los efectos de que ya no exista eso algo seguro (normal) a lo que agarrarse, es que, por ejemplo, muchos ya no sabemos demasiado bien dónde nos situamos, qué pensamos, incluso qué sentimos, porque no hay modo de establecer referencias.
Desconozco si en alguna ocasión estuvimos cercados por tanta anomalía. Todo parece excepcional, ininteligible, dispar, nunca visto, cabeza abajo, manoseado, intrincado, monstruoso. Nadie parece saber nada de lo que no haya que desconfiar. Todo permanece en tela de juicio, como si la ignorancia al fin ya no tuviese nada que envidiar al conocimiento. Nos quedamos sin referencias. Cada vez resulta más difícil precisar qué es y que no es asumible.
Recuerdo cuando la vida te ofrecía al menos dos posibilidades: ser optimista o ser pesimista. Podías ser mucho, bastante o ligeramente optimista o pesimista, allá tú. Estaba a tu alcance encontrar las razones para decantarte por una cosa o la contraria. Al menos eso estaba claro. Después ya se vería a quién otorgaba la razón el paso del tiempo. Mientras la vida se hacía soportable defendiendo el presente como una máquina que fabricaba desengaños o como una que producía ilusiones. Ahora hemos desembocado en un punto nebuloso en el que resulta casi imposible saber qué hay que ser.
Elijas lo que elijas, no vas a tener razón. Esa es la nueva normalidad: la dificultad de dar con un sentido a las cosas, la dificultad del acierto. Si te inclinas al optimismo, te pondrán delante la serie de pistas que trazan un mañana deprimente, donde los fuertes someten a los débiles sin piedad. Si ante este panorama decides en cambio ser un pesimista radical, te recordarán que sin esperanza la vida se vuelve irresoluble. Quizás el destino de los humanos se reduzca a estar equivocados. Tal vez la única salida pase por ser optimista y pesimista al mismo tiempo. No ser optimista ni pesimista también valdría. Los sentimientos paradójicos nos son muy propios. Aunque supongo que entre la duda de ser optimista o ser pesimista siempre nos quedará no ser nada. Alcanzamos ese punto ya en el que el antónimo de la normalidad cumple a veces mejor el cometido de describir aquello con lo que lidiamos habitualmente. Lo que nos puede llevar a concluir que estamos mejor que nunca. Permanezcamos borrachos, aunque no sea no normal.
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