Opinión
La suerte de ser leída
No me gusta la palabra éxito, lo que significa, cuanto representa. Me incomoda, sobre todo si alguien la emplea para referirse a mí. Cada vez que escucho enhorabuena por tus éxitos o me alegro de tu éxito, me pongo alerta, desconfío, se me enciende una de esas alarmas internas que te advierten de un peligro inefable, pero real y muy próximo, inmediato, así lo percibes. Es algo incluso físico, como esa ligera molestia estomacal que experimentas cuando estás muy nerviosa, por lo que sea, y que puede llegar a cerrarte la glotis en situaciones de estrés o ansiedad extremos.
Lo vivo de ese modo porque no lo interpreto como un halago. Para mí, el éxito no es una meta, ni en mi vida personal ni en mi carrera profesional, como periodista, ni en mi trayectoria literaria. Nunca he buscado la «buena aceptación», segunda acepción en el diccionario de un término que hoy más que nunca, con el trampantojo de las redes, define tu identidad, aunque no tengas ni idea de quién eres o lo que quieres. Mi objetivo es otro.
Aspiro a seguir compartiendo mi cotidianidad, en casa y en el trabajo, con gente bondadosa que me hace sentir querida y valorada, de la que aprendo, junto a la que, lejos de empequeñecerme, crezco cada día. Pretendo continuar escribiendo con la misma dedicación e idéntica entrega que hasta ahora, pero cada vez más y mejor, pues, como dice Annie Ernaux en El taller negro, su última obra publicada en España, «cada libro es una tentativa —una ilusión— de ir hacia la luz».
Busco no defraudar a esas personas que me aprecian a pesar de ser como soy, testaruda, pesimista, agorera, agonías, cuidadosa, entregada, aplicada, incansable, sacrificada, tolerante, maniática, estricta, disciplinada, sobria, seria, sosa, tímida, introvertida, obsesiva, paciente, dura, desconfiada, exigente, insegura, o tal vez debido a todo eso.
Quiero estar a la altura de lectoras como la que hace días, mientras paseaba por la playa en la que descubrí, lo comprobé por vez primera, que «la esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma, y entona melodías sin palabras, y no se detiene para nada», como escribió Emily Dickinson, me reconoció y se lo contó a su sobrina, esa chica es una escritora que me gusta mucho, le dijo. La niña, ajena a la vergüenza, llena de espontaneidad y naturalidad, ojalá no abandonar ese resquicio por el que entra la luz de la inocencia, se acercó y le preguntó a la amiga que iba con nosotras, con L. y conmigo, si se llamaba Inés.
Aclarada la confusión, no, pero ella sí, ¿por qué?, y pese al rubor que encendió mis mejillas, acudimos al encuentro de la tía de la pequeña. Tuvimos una conversación agradable, apenas unos minutos durante los que experimenté uno de los gozos que dan sentido a la escritura, el saber que tus palabras tienen un significado para alguien, que puedes conmover y ser estímulo, provocar sentimientos, posarte en el alma de una desconocida y descubrirle cosas que no sabía que tenía dentro. Y eso nada tiene que ver con el éxito, ni con las ventas, ni con el número de seguidores, ni siquiera con los premios. Es la extraordinaria suerte de ser leída siendo consciente, gracias a Mary Oliver, de que «todo el final se muere, y tan pronto».
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