Opinión
Academias de violadores
Le llaman la «academia de violadores». Es el último chat que ha descubierto la CNN, donde hombres de diferentes países intercambian en grupos privados imágenes y experiencias de cómo drogar, violar y abusar de sus parejas. Son instrucciones concretas: dosis de sedantes, cómo administrarlos sin sospechas, técnicas para grabar sin ser detectados, qué responder si son descubiertos, cómo comportarse después… Comparten contenido, pero también se animan, se felicitan, y se validan. Y de paso, más de uno monetiza el abuso. Venden los vídeos, retransmiten agresiones en directo o comercializan las sustancias para someter a sus víctimas. Y todo esto está accesible, al alcance de cualquiera que le dé por buscar, sin tener mucho que indagar.
Junto a este caso, recuerdo. En Francia, el caso Pelicot, a través de una plataforma donde se reclutaban hombres para participar en las violaciones de Gisèle. En Portugal, un canal de Telegram, con entre 66.000 y 70.000 hombres y en Alemania, otro con 73.000 usuarios con imágenes íntimas de mujeres, parejas e incluso hijas. En Italia, el grupo Mia moglie, con más de 32.000 hombres intercambiando fotografías íntimas de sus esposas como si fueran mercancía. En España, el Chat de Depravados de 600 hombres en Telegram que difundía imágenes sexuales sin consentimiento. Una investigación de la BBC identificó decenas de canales y grupos en Telegram, con casi dos millones de usuarios repartidos entre Reino Unido, Rusia, Brasil o Kenia. En Argentina, el grupo Los Magios de Tucumán, con miles de hombres que compartían contenido sexual, incluso de menores. En China, otra red con hasta 100.000 usuarios. En Corea del Sur, un sistema de explotación sexual con más de 260.000 hombres basado en chantaje y distribución masiva de contenido. Es decir, el ejemplo de que el patriarcado es universal.
La violencia sexual parecía antes un suceso individual. Ahora deja de ser algo aislado y casi oculto para ser una práctica compartida, como en las pelis porno. Las plataformas digitales pasan a ser comunidades y escuelas donde validarse y darse el aprobado, donde tener maestros y aprendices. Y eso cambia el problema porque cuando la agresión se comparte, se normaliza. Y si se normaliza, se reproduce. Y lo excepcional, pasa a ser común. El delito pasa, así, a ser una industria.
Recordemos los perfiles de todos estos chats: no son hombres marginales, son trabajadores, padres, parejas, vecinos… Y recordemos lo más aterrador: que la mayoría de las víctimas no saben que lo son porque la confianza en la pareja, esa persona con la que duermen, hace que caiga la principal barrera de protección: identificar el peligro. Esto no va de sexo, va de poder, de controlar, dominar y anular. ¿Cuántos chats de mujeres compartiendo fotos de sus parejas conocen? Hemos entrado en una nueva fase de la violencia sexual: más organizada y más normalizada. Con suficientes hombres dispuestos a participar. Con suficiente demanda. Y con suficiente silencio para que sigan creciendo.
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