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A Coruña

Venecia, la belleza y la muerte

"A la memoria de mi hermana María José"

Vi y admiré por primera vez la ciudad de la laguna a través de la extraordinaria película de Luchino Visconti “Muerte en Venecia”(1971), en la que Dirk Bogarde encarnaba al compositor Aschenbach, un consumado esteta que allí moría, casi literalmente, de amor a la belleza. Años más tarde, cuando la visité en persona, nada más entrar por uno de sus arcos a la plaza de San Marcos yo mismo caí arrobado como en un particular éxtasis profano. No pude evitar tomar el vaporetto hasta el Lido, la larga lengua de tierra que alberga el gran hotel de época en el que residía Aschenbach y la playa donde dejaba su vida frente al mar Adriático, en la ficción de Visconti basada en la novela de Tomás Mann.

 Hace apenas tres semanas regresé a Venecia. No llegué al centro, como aquella primera vez, en barco, sino que fui paseando por sus calles y barrios desde la estación de tren. Transité por puentes sobre el gran canal y sobre otros más pequeños, me detuve en plazas recoletas y tranquilas, accedí al palacio ducal y a la lúgubre cárcel de “I Piombi”, recorrí las estancias del palacio Correr donde pernoctaba Sissi y me senté en los jardines. Viví, pues, Venecia, de otro modo, más pausado y comedido, pero sin dejar de experimentar admiración y asombro ante su singularidad; y sin olvidar del todo el impacto emocional y estético que en mí, con apenas quince años, dejó su contemplación en la gran pantalla. Ahora que soy mayor, podía imaginarme a mí mismo como otro Aschenbach (que en la novela de Mann era escritor), pasando sus últimos días en la ciudad más bella del mundo. Pues, entre belleza y finitud hay un misterioso vínculo que no sabría explicar, pero que han vislumbrado grandes autores, desde Platón hasta Rilke, y que acaso se relacione simbólicamente con el crepúsculo, en el que lo bello resplandece frente a la oscuridad.

Cuadro de María José Feal Veira

Cuadro de María José Feal Veira / LOC

  Pero en mi mente no era esta vez el presentimiento de mi muerte el que planeaba sobre Venecia, sino el de otra, aún no producida pero no por anunciada e inevitable menos desgarradora; la de un ser tan próximo que mi vida había transcurrido entrelazándose con la suya: la de mi hermana, que apuraba su existencia a más de dos mil quilómetros de distancia. Desde la gran sala del palacio del Dogo emití un mensaje para felicitarle por última vez su onomástica. Y cuando retorné, aún la volví a ver, como a Aschenbach frente a su destino, artista también que había perseguido una belleza que ella ya poseía naturalmente en sí misma.

 María José Feal Veira fue en efecto una esteta, dibujante y pintora que ha dejado una notable obra plástica. Nacida en A Coruña, estudió en su escuela de Artes con José Luis Rodriguez, autor de los murales del monasterio de Samos; vivió en Gerona y en Madrid, donde continuó formándose, volvió a Galicia y realizó múltiples exposiciones y muestras pictóricas nacionales e internacionales. No por casualidad, el filósofo, profesor y escritor Ángel Nuñez Sobrino se refería a ella como “mi viscontiana amiga”. Algo de ese gusto por el decadentismo está presente en sus cuadros de paisajes urbanos de la vieja Coruña con fondos crepusculares. Pero sus facciones y su porte personales recordaban más a las actrices de Visconti, como Claudia Cardinale en “El gatopardo” o Silvana Mangano, la aristocrática madre de Tadzio, en la propia “Muerte en Venecia”.

 No murió ella sin embargo en Venecia, sino en su propia ciudad natal, a la que supo pintar con una mirada única que captaba el paso del tiempo en melancólicas escenas de lugares sempiternos a punto de cambiar: el antiguo varadero, la Marina pretérita con barcos de vela, la Calle Real de antaño sin franquicias, que evocan una ciudad señorial decadente, como Venecia, rodeada de mar. De ese mismo mar, visible desde su ventana, frente al que como Aschenbach en el Lido, exhaló su último suspiro tras haber contemplado y creado belleza una y otra vez.

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