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Opinión

El derecho a la ciudad

Ése es el título de un libro del filósofo francés Henri Lefebvre, publicado en el año 1968 y en el que su autor reflexionaba sobre el contenido de ese derecho. Pues bien, dado el actual estado de la ciencia jurídica, parece evidente que el titular de ese derecho a la ciudad ha de ser el ciudadano y no los canes, las bicicletas o los patinetes. El ciudadano tiene derecho a participar en el proceso urbanístico de su ciudad y en las decisiones que le afecten en su entorno urbano, sin que sea de recibo considerarle a estos efectos como un convidado de piedra. Es cierto que hay munícipes que creen que su elección popular los legitima para decidir sobre las cuestiones urbanas sin tener en cuenta el parecer de sus conciudadanos, porque entienden que el Derecho es un producto de la voluntad de los representantes del pueblo, en una interpretación un tanto simple de la obra de Rousseau, y no una creación del pueblo mismo que convive en un territorio determinado. Pero esa creencia no resiste un mínimo contraste con la experiencia.

Cuando paseamos por nuestras ciudades y vemos los adefesios que cercan nuestras calles, caemos en la cuenta de que se nos ha ido privando de nuestro derecho a la ciudad y de que el poco juicio de unos y la voracidad económica de otros han dejado un reguero de miserias que tenemos que soportar todos los habitantes de ese entorno urbano, sin culpa aparente de todos los atropellos a la razón.

En cualquier caso, nunca es tarde para que los ciudadanos hagamos un esfuerzo por ejercer nuestro derecho a la ciudad. El gran jurista Ihering nos dejó dicho que solamente luchando afirmaríamos nuestro derecho. No se trata de ir a las barricadas, sino de exigir a nuestros munícipes que no malgasten el patrimonio urbano que se nos ha legado y que se nos permita disfrutar de un derecho tan esencial.

Los ciudadanos (incluidos los coruñeses) tienen derecho a pasear por las aceras, parques y jardines de su ciudad, sin que un patinete los arrolle o una bicicleta los atropelle, o la correa de un can se les introduzca entre sus piernas provocándoles una caída. Los ciudadanos tienen derecho a oponerse a promociones inmobiliarias que desfiguran el hermoso rostro de la ciudad.

Los ciudadanos tienen derecho a dormir por las noches sin que el ruido fomentado por entidades que deberían contribuir a su descanso les impida conciliar el sueño. Los ciudadanos, en fin, tienen derecho a que los tributos que pagan les permitan exigir un empleo adecuado de los mismos, al servicio de todos los ciudadanos y no solo de quienes tienen más influencia o más gritan.

La experiencia de la historia es muy clara. Si los ciudadanos no luchamos por ejercer nuestro derecho a la ciudad, arribaremos irremediablemente a lo que Alexander Mitscherlich, en un célebre libro, llamó «la inhospitalidad de nuestras ciudades».

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